Javiera, una adelantada de 23 años, tiene el don instantáneo de inyectar pop a la vena sin mayores rodeos. En Esquemas juveniles, un disco delicadamente producido para conectarse con sus auditores, alcanza una cota de meticulosidad difícil de igualar para sus congéneres. Sin que las melodías pierdan frescura bajo el poder de las perillas y el estudio, las distintas capas de instrumentos se posan naturalmente unas sobre otras, conformando atmósferas de parsimoniosa seducción, con ese aire naíf tan propio que merece aplausos por lo sincero y grato que es, desligado de gustos masivos y del usual chicle de masticar y escupir.

Aunque el disco peque de algunos momentos de indulgencia, donde la artista pierde la sutil tensión al dormirse en sus propios laureles, hay otros momentos –álgidos– donde su “pop abstracto???, tímido y de ensoñación, alcanza sin esfuerzos la sensibilidad del auditor, logrando un dulce viaje retro, perdido en el tiempo y en calles umbrías de árboles otoñales. Así, ‘Cámara lenta’ y ‘Esquemas juveniles’ muestran el talento de Javiera en el avance de los teclados, mezclando acordes y pequeños fraseos bajo una cadencia sin prisa y un gran sentido de la armonía, construida con la filosofía de bandas como The Carpenters o Bee Gees. Bajo un esquema minimalista, en que los instrumentos se suman poco a poco y nunca ganan el primer plano, hay aquí un clima muy natural que, de seguro, renueva los cánones de la canción romántica.

De mayor candor y caramelo, ‘Sol de invierno’, con el dueto de Daniel Riveros (Gepe), apuntala momentos climáticos más fuertes, siendo un producto curioso si consideramos sus letras de significado volátil y disperso. La clave está en el timbre dado a las palabras, el tono nostálgico y la claridad entre verso y coro, desembocando en un breve desenlace más emotivo. También hay sorpresas de registro como ‘Casan (no puedo bloquear lo que quiero dar)’, donde se saca de la manga una mezcla personal de guitarras acústicas, con un dejo a canción folclórica, junto a teclados y bases electrónicas al servicio de una voz juguetona. Otra muestra de inteligencia es ‘Perlas’, con su estructura cíclica que tiene tanto que ver con la electrónica cósmica de finales de los ochenta o con los recientes sonidos de Shogún.

Las excepciones o, mejor dicho, variaciones del registro son ‘Al siguiente nivel’, punta de lanza para enganchar al oyente, o ‘Cuando hablamos’, marcas más notorias del electropop de texturas análogas que marcaron el aprendizaje de Televisa (grupo paralelo de Javiera Mena), aunque en estas canciones se abstenga de poner los dos pies en la pista de baile. Como se ha dicho en otras partes, el cover de Daniela Romo, ‘Yo no te pido la luna’, no era necesario; desconcentra y se acerca más a la experiencia vacía del karaoke (esa imagen triste de una chica cantando en un bar demodé de aburridos parroquianos) que a la reinterpretación de un clásico importante para su autora. También ‘Está en tus manos’ adolece de cierto facilismo a la hora de dejarse llevar por la tristeza monótona, a pesar de su excelente ornamentación, como ocurre con todo el disco. Pequeños despistes que opacan –en forma menor– uno de los mejores discos del año y, sin dudas, uno de los mejores álbumes pop de la última década en nuestro país.

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