DJ Pierre, que se presenta este viernes en Santiago, recuerda los orígenes de esa entelequia conocida como acid house, y, por si a alguien le faltaban excusas para bailar, la emparenta con una historia de rebelión en la música popular que podría partir con el punk.

No es que las etiquetas importen demasiado.

No es que nadie pierda horas de sueño hoy en día tratando de decidir si algo es acid house, deep house, tech-house o el nombre que algún periodista aburrido inventó este mes para ese sonido matemático y profundo, maquinal y bailable que lleva sonando casi treinta años.

Pero, en el origen de todo, hubo una etiqueta, y un sonido, que cambiaron la idea de música de baile. Y el sonido apareció por accidente: una noche, en un estudio de grabación de Detroit, Nathaniel Pierre Jones, más conocido como DJ Pierre, y Herb J, que tenían un grupo llamado Phuture, estaban tratando de emular una línea de bajo con una Roland 303 (que suena como cualquier cosa menos como un bajo a pesar de que ese es su nombre: TB 303 Bass Synthesizer) cuando dieron con un sonido ácido, completamente diferente a todo, que Pierre recuerda que sonaba “como si la máquina se estuviera derritiendo”.

Esto ocurría en 1985.

Phuture editaron una canción construida sencillamente con un ritmo y el sonido de la 303, y el primero en pincharla en Detroit fue un DJ, Ron Hardy. El single pasó a ser conocido como “Acid tracks”, Phuture se convirtieron en pequeñas estrellas de la noche a la mañana, y con eso nació un género que perdura hasta hoy: el acid house. Las drogas y las ganas de bailar lo convirtieron en un fenómeno global cuyas consecuencias (fiestas con gente vestida del mismo color, música que apela más al cuerpo que a la mente) vivimos hasta hoy.

 —¿Cuál crees que fue la clave de la explosión del acid house?
—Creo que fue demasiado diferente de lo que había antes. Creo que le daba permiso a la gente que se sentía distinta para ser, sencillamente, ellos mismos. No tenía ningún precedente conocido. Los chicos en la pista de baile se pusieron valientes. Sintieron esa energía explosiva y la convirtieron en un estilo de vida. Las raves nacieron de eso.

— ¿Crees que podría ocurrir un fenómeno así hoy en día?
—Siempre puede ser. Aunque en ese sentido, no estoy tan seguro de si la gente dejaría a la música ser pura, ser sólo música, hoy en día. La gente aceptó el acid house sencillamente por lo que era. Nadie trató de alterarlo, de convertirlo en algo más. Hoy… la creatividad está amordazada. Algunos productores remezclan un sonido honesto hasta que ya no queda nada del original. Vivimos en la era del remix: decir que un sonido puede dar origen a un género y además tener un impacto cultural al nivel que tuvo el acid house es mucho más difícil hoy. Soy escéptico: ya no somos tan inocentes como entonces.

¿Ha perdido la música electrónica su sentido revolucionario?
—Creo que sí. Eso es exactamente lo que nos dio el acid house en esos días. Era decirle a la gente “mira, sé que esto suena raro y que nada ha sonado así en la historia… pero aquí estoy y sé que te va a gustar”. Ron Hardy fue el que permitió que eso ocurriera. Ya no veo esa valentía en ninguna parte.

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Recuerdo que alguna vez dijiste en una entrevista, años atrás, que las tecnologías digitales, paradójicamente, producían un descenso en la creatividad en comparación con la era dorada de las máquinas análogas… ¿crees que la tecnología puede ser una espada de doble filo si hace que todo sea demasiado fácil?
—Seguro. Todavía pienso igual, aunque, irónicamente, uso máquinas digitales por eso mismo, por su facilidad, su eficiencia. Pero es que yo puedo con eso. Llevo más de veinte años de aprendizaje. Tengo demasiada historia como para que una tecnología me haga perder el oído.

Tomando en cuenta que el house es un estilo de música que depende por completo de la tecnología, ¿te parece que el género se ha estancado? Quiero decir, a pesar de los enormes saltos tecnológicos que ha habido desde los 80, la música ha cambiado relativamente poco.
—Estoy en desacuerdo. Creo que pasa lo contrario: cuando buscas, por ejemplo, un track de house, hoy en día las variaciones son infinitas. Creo que el sonido ha crecido, ha evolucionado, pero el verdadero fan del house siempre se va a apegar a algo un poco más anticuado. Por lo tanto, siempre va a haber un tipo de productor que reconozca esa necesidad, y que la satisfaga.

 —¿Crees que el acid house fue un movimiento cultural tan grande como, digamos, el grunge en los 90s? Después de todo, inspiró películas, novelas… y hasta aquí en Chile se escribieron columnas al respecto.
—¡No tenía idea! Tengo que conseguirme material al respecto cuando vaya para allá. Definitivamente creo que el house tuvo alguna influencia en el grunge. Era música rebelde. Los chicos lo usaban como una manera de vestirse diferente, de bailar de otra manera, y, desafortunadamente, de tomar drogas… para ser diferente. Así que sí, yo diría que inspiró una cultura.

—Como uno de los fundadores del house, ¿qué opinión tienes del estado actual de la electrónica?
—Bueno, estoy siempre atento a todo porque creo en el crecimiento. Pero me aproblema cuando los negocios se entrometen en esto, como suele suceder. Cuando entran, empiezan a poer sus reglas acerca de quién toca qué y dónde, qué producciones puede o no puede escuchar la gente, cuáles son los DJs que tiene que estar en la cima de los ránkings… todo porque le conviene a alguna marca. Las cosas se complican y la música se pierde de vista. La clave está en el equilibrio.

—¿Qué es lo que más te importa cuando haces un DJ set? ¿hacer bailar a la gente? ¿producir sonidos placenteros?
—Siempre es una mezcla. Uno tiene que escuchar al público y dejarlo entrar, así que hay que estar sintonizado con ellos. Ese es mi trabajo como DJ. Pero hay una delgada línea: siempre me preocupa no perder mi integridad como artista.

Fuiste residente en clubes de Detroit y de Nueva York… ¿en qué se diferencian ambas escenas?
—Nueva York tiene una escena que evoluciona más, está más abierta a diferentes estilos, diferentes estados de ánimo en la música. Hay fiestas de deep house y la gente sabe dónde ir. Y hay fiestas más techno, más ácidas, más house… y tienen su público y son tan respetadas como el deep house. Los clubes de Chicago, en cambio, tienen muy claro lo que quieren. House. Clásicos. Tengo que poner mis clásicos cuando toco allá… o si no, voy a tener que pasar un mal rato con alguna gente. Es muy respetable que sigan comprometidos con ese sonido, pero el mundo está creciendo y cambiando, y a veces me gustaría que mi ciudad natal creciera al mismo ritmo.

—Cuando pinchas discos, ¿tienes la cabeza en otra parte o estás pendiente de la pista?
—Siempre estoy ahí, en el momento, mirando a la gente y a los decks. La única vez que recuerdo haber estado distraído fue una vez que me había intoxicado con comida justo antes de poner música. Tengo que ser honesto… y la verdad, lo único que tenía en la cabeza en ese momento era sentirme mal nomás. Pero la música me hizo sentir mejor. El entusiasmo de la gente me hizo olvidar que estaba enfermo. Pero cuando volví al hotel… ahí me pegó. Los productores, esa vez, querían mandarme al hospital. Así de mal estaba.

¿Cuándo construyes un track, dónde está tu foco?
—Puede ser cualquier cosa. Puede ser un track que escuché, puede ser un ritmo, puede ser concentrarme en una emoción. Siempre hay música en mi cabeza, dondequiera que esté. Puedo estar conversando con alguien y de repente empiezo a mover la cabeza con un ritmo y me pierdo ahí… y la gente que no me conoce de repente piensa que soy un maleducado. Pero la gente que me conoce sabe que… bueno, así es Pierre nomás. Tiene música en el cerebro.