Fotos: Mila Belén

Tras la salida de Introducción a la Geometría -su décimocuarto disco en siete años- Javier Barría habla con Super 45 acerca de la experiencia de tocar en Argentina, su naturaleza autodidacta y cómo cambió a Morrissey por Spinetta y Leonard Cohen.

Se ha escrito mucho acerca de Javier Barría. Se han armado frases sobreadjetivadas, se lo ha incluido en una potencial generación emergente de cantautores nacionales. Se habla de que estudió música en la casa de Bello y participó en varias bandas. Se dice que desde el anonimato florecieron por sí solas sus canciones, sensibles, simples, pop y conmovedoras. De sólo leerlo, me hago una imagen de un tipo un tanto pegado en sí mismo, compulsivo a lo Daniel Johnston a la hora de componer y autodifundir. Y es que anonimato no necesariamente implica humildad.

Teniendo como excusa su reciente fichaje en la etiqueta chilena independiente Infanta Terrible, me siento a conversar con él y finalmente aparece la genialidad. Javier emerge como un tipo común y corriente que no ambiciona transgredir, ni lucirse en escena, sino alcanzar en notas propias las canciones gigantes que escuchó de otros. Bien intencionado, honesto, joven y sencillo, en vivo se levanta como el gran constructor de melodías que se redescubre a cada paso.

– ¿Te sientes parte de una generación chilena emergente de compositores?

-Sí, me siento parte. Durante mucho tiempo me sentí medio solo, hasta que empecé a conocer por MySpace a gente que tenía la misma historia que yo. Es decir, grabar en la casa, hacer un disco, ponerle carátula. Había un montón de gente en esa misma historia, pero que hacen música distinta. Quizás estilísticamente me siento un poco más aislado.

– Por una cosa temporal, se te ha ligado con Fernando Milagros, Natalia Molina o Chinoy, por nombrar tres ejemplos…

-Son re’ distintos todos. He compartido escenario con varios de ellos, y se ha armado una camaradería, pero los veo casi como compañeros de curso, donde el hilo común es que todos seguimos un formato de canción. Por ese lado, lo veo como una escena.

– Hace poco estuviste presentándote en Buenos Aires, ¿Cómo fue la experiencia?

-Estuvo súper buena y es la segunda vez que voy a tocar. La primera vez fue completamente autogestionada, sin ningún intermediario. Y en la segunda ya tuve ayuda de una productora de Buenos Aires y otra de La Plata. Toqué con músicos argentinos de Aca Seca Trío que hacen como folklore fusión, y uno de sus integrantes es el tecladista de Pedro Aznar, que fue el que me contactó por MySpace. Otra cosa es que me di cuenta que hay un publico que me sigue y ha crecido un montón respecto del año pasado.

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-¿Lograste percibir alguna diferencia importante entre nuestra escena emergente de cantautores y la rioplatense?

-La diferencia más notoria es la tradición que tienen ellos. La cantidad de historia y el tamaño de la industria que, desde el rock hasta el underground, es enorme. Está lleno de managers, productoras, bandas y solistas. Creo allá también existe un boom de cantautores, desde mucho antes que nosotros. Es una diferencia más que nada cuantitativa; en calidad estamos bien, no tenemos mucho que envidiar.

-Mirando tu carrera en perspectiva, ¿qué te sedujo a tomar la gestión independiente?

-Mmm, es que nunca tuve opción. Yo partí haciendo música y grabando por mi cuenta desde muy chico. Siempre estuvo la inquietud de crear, pero noté que podía hacerlo mejor cuando empecé a grabar en computador. Entonces seguí el camino en el que estaba no más. Y no me lo tomé en serio nunca hasta tres o cuatro años atrás. Por eso me dicen “tenís 13 discos”, pero de la mitad para atrás ni los cuento: eran trabajos para mí y mis amigos.

Ahora, viéndolo con el tiempo, lo que más me seduce es lo de ser “my own boss”. No tener productores ni nadie que te diga “hay que cortar aquí el coro” o “por qué no cambias la intro”. Puede ser bueno o malo, pero me gusta que el último filtro sea uno mismo.

– A propósito de ese nuevo peldaño, ¿Introducción a la Geometría también marca un cambio en el enfoque creativo de tu trabajo?

-Sí. Este disco lo hice sabiendo ya que habría un sello. En un comienzo la idea era reeditar alguno o hacer un compilado con nuevas versiones, pero les dije “Prefiero hacer algo nuevo, espérenme un año, voy a tener algo”. Y no fue ni a presión ni nada, las 11 canciones salieron de forma muy natural. En el proceso de componer yo ya sabía que iba a tener un proceso de difusión y que iba a ver un público. No me presioné nunca, ni dije “esta debe ser un single”, o algo así.

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– Frecuentemente hablas de la importancia de tus letras, de crear un sello propio a partir de ellas…

-Igual me han dicho harto que mis letras son melancólicas y tristonas. La verdad es que yo escucho harta música de ese estilo: desde los Smiths en la adolescencia hasta Leonard Cohen ahora último. Y esa es una opción estética también. No es que yo sea un huevón depresivo. Tampoco soy el más feliz del mundo, pero siento que hay un color en particular entre la música y la letra que sale de esa combinación. Me resulta muy personal el cuento de escribir, es un rollo en primera persona.

– Citabas entre tus influencias a Morrissey, Jeff Buckley, Radiohead, ahora hablas de Cohen. Todas propuestas bien duras, desde un punto de vista estético…

-A mí me atrae mucho eso. Me gusta la poesía también, Alejandra Pizarnik..

– Sin embargo, eso no se nota mucho en Introducción a la Geometría…

-Es que en este último disco no era la idea. Traté de hacer un pequeño quiebre. Más de alguna vez me dijeron que los conciertos ya estaban para matarse (risas).

– Lo siento mas emparentado a la vertiente de influencias argentinas, a la que también te refieres con frecuencia…

-En el disco conscientemente traté de recuperar eso. Es la música que escuchaba a los 14 años. Hay un disco del ‘91 de Luis Alberto Spinetta, el Pelusón of Milk, que tenía esa onda de máquinas y guitarra acústica. Fue un referente importante para Geometría, aunque al final terminó yéndose para otro lado. La idea era cambiar la temática o el tonito de las canciones.

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– Leyendo parte de tus entrevistas me encontré con esta cita: “no me dedico a la pirotecnia instrumental ni vocal, no tengo un target de público definido, no me interesa sonar en las radios de consorcio (pero tampoco es malo si pasara algún día), ni menos tratar de revolucionar la música chilena”. ¿Qué quiere Javier Barría entonces?

-(Certero, alegre e inmediato) Tratar de llegar a hacer canciones como las grandes canciones que escuché en mi vida. Cuando uno las hace es difícil darse cuenta, pero si empiezas a notar que gente te dice “oye, esa cancion la cagó”, es una emoción indescriptible. Con este disco aún no tengo la distancia suficiente para ver qué permanecerá y qué no.

– Finalmente, ¿cómo sientes que cambiará tu carrera a partir del nuevo disco?

-Me gustaría salir a Argentina, España y regiones, ya que uno en Santiago se empieza a viciar de los mismos lugares. Y hacer buenos discos. Una vez que pase la promoción de este álbum, me gustaría hacer un blog para subirlos todos y que la gente los pueda descargar libremente.

-Eso no te lo iba a preguntar, pero ya que lo mencionas… ¿para qué meterse en un sello, imprimir discos de plástico e invertir en carátulas, si ya el formato CD prácticamente murió?

– En realidad, yo quería tener un disco bien hecho. Onda para poder mirarlo y decirle a mi hijo: “Mira, esto hice un día…”. En el fondo fue por darme un gusto de tener un disco “como se hacía antes”.

VIDEO: Javier Barría – “Ciego, nudo y desenlace” (de Ciudadano B -2007-)