La escritora acaba de lanzar su segunda novela, “Memory Motel”. En ella, Ágata Bravo presencia como su propia vida se desploma a sus pies. Sin trabajo y con un matrimonio del que no quedan más que los recuerdos y un mausoleo emocional a modo de departamento, esta joven de treinta años afronta el vértigo de vivir en medio de un Williamsburg hipster al que no pertenece, pero que observa. La música le sirve de refugio y fuente de memoria, permea la obra, e inspira a la autora, con quien conversamos del libro y de la música implícita en él.

María José Viera-Gallo ha vivido más que un simple coqueteo con la música. Es más, se regocija de hablar de ello en medio de la ronda de entrevistas más “literarias” que ha tenido en estos días en los que acaba de lanzar su segunda novela, “Memory Motel” (2011, Tajamar Editores). Feliz de hablar de otra cosa que no sean libros, la escritora aplaude la idea de cruzar la vereda y situarse en la esquina de al frente de su ámbito, dentro del mismo vecindario de la cultura contemporánea.

El trailer que elaboró de su última publicación (puedes verlo al final del post), sólo confirma el hecho de que el cine y el video arte son sólo otra más de las avenidas que surcan este barrio donde los encuentros muchas veces son casuales, pero rara vez sin consecuencia. Es divertido que Viera-Gallo tenga un lapsus al decir “leer un disco” (alguna vez Fuguet elucubraba al respecto en estas mismas páginas). Cada elemento (música, cine, literatura) posee su propia narrativa para contar una historia, pero cada cual lo hace, al fin de cuentas, y es absorbido indistintamente a través del día (o la noche), más allá del formato. Transmitiendo recuerdos, o evocándolos.

Ágata Bravo, la protagonista de “Memory Motel”, se interna en su propio pasado a modo de un diario de vida en primera persona. La cámara es subjetiva, y frente a ella, está Nueva York, la gran metrópolis que le parece aplastante y ajena, como un circuito de corredores que encierran paredes enormes.

Al perder su trabajo ahí, Williamsburg, el barrio joven y artista de Brooklyn, será su hábitat cotidiano en el que le reparten flyers de la nueva banda que está por surgir (The Pains of Being Pure at Heart), se refugia en una tienda de discos, aplasta una cucaracha con un vinilo de Stone Roses y asiste a la edición del álbum de Nutria NN.

María José, también periodista, comienza la entrevista recordando el día en que entró de incógnito al entonces activo Hotel Carrera para ver a Bobby Gillespie de Primal Scream, cuando los británicos vinieron por primera vez a Chile, y terminó de fiesta con él y sus amigos. “Bobby se quedaba dormido mientras me hablaba, por la heroína. Era muy especial”, rememora.

Las bandas siempre estuvieron presentes en el proceso de escritura de su novela reciente. “En Nueva York, había muchos grupos nuevos, y tocaban al lado de mi casa, como Animal Collective”, comenta. Pese a vivir en la capital de lo ‘cool’, Viera-Gallo se inclinaba por los clásicos. La gira de reunión de My Bloody Valentine fue un sueño hecho realidad, y se quedó ticket en mano cuando suspendieron una gira de Happy Mondays por falta de visa. “Una vez estaba cocinando para mis hijos, y en el parque al lado del depa estaba tocando gratis Management (MGMT), y sonaba… (entona la línea del teclado de “Time to pretend” y se ríe), mientras hacía tallarines, ese tipo de situaciones ocurría todo el tiempo”, precisa.

¿Cómo incorporas estos elementos en tu novela?

Por ejemplo, hay como un cameo, una aparición de gente del sello DFA. Ágata va a una botillería donde va también  James Murphy, de LCD Soundsystem, a quien el dueño del local le vende vino regularmente . Ese tipo de cosas ocurría. En esa tienda me crucé varias veces con Nick, el guitarrista de Yeah Yeah Yeahs, que andaba siempre con el chino de Smashing Pumpkins. Creo que eran roommates porque andaban juntos en el metro o en el parque.

Lo mismo me pasaba con los TV On The Radio, en un diner al que iba a comer, que era un vagón de tren reacondicionado. Un lugar muy pequeño y taquilla, con la música siempre a todo volumen, de cosas como lo último que estaba saliendo y otras como The Clash. Ésa era una de las características del barrio, la música fuerte y el rock. Eché de menos allá la electrónica.

¿Sonaba más que nada el rock y el punk?

Sí, y otras cosas también. Ágata va a una tienda de discos, Soundfix, donde escucha folk, y le recomiendan un álbum, una música como para deprimirse. Elliott Smith es como un ídolo ahí, ya que vivió en Williamsburg en los ‘90, y en las tiendas de ropa escuchas esta clase de folk de tipos que cantan casi llorando, con historias muy familiares, muy experimentales, era como el sonido local. Incluso, a pesar de ello, no quise poner tantas referencias musicales en esta novela como en Verano Robado.

Canciones como las magdalenas de Proust

La primera novela de María José Viera-Gallo incluye su propio Wurlitzer, del que llegó a circular el playlist para descarga en internet, que eran las canciones que iba poniendo Livia Spector, la protagonista, como sus favoritas. Entre ellas, Javiera Mena y My Bloody Valentine, además de poner a Shogún como un personaje con el que ella se encuentra en el libro. “Memory Motel”, en cambio, es más sutil, e incluye referencias cruzadas, y citas sin remitente.

¿Cómo ocurre esto?

El capítulo ‘El lenguaje de los animales’, empieza diciendo que la protagonista se sentía: suave como la nieve pero tibia por dentro, como la canción (“Soft as snow but warm inside”, de My Bloody Valentine). Le había puesto un asterisco a pie de página explicando, pero el editor lo borró. Me dijo que eso ya no se usa, que el que entiende bueno y el que no, no. Hay otra línea que está sacada de Shogún, que es “me da vergüenza ser feliz”. También, una frase de su tema “Luz”: “tengo un dolor que no se va a ir”.

¿Qué escuchabas al escribir el libro?

Lo escribí escuchando mucho el Sesiones nocturnas de Shogún, en Nueva York, y lo corregí junto a algunas canciones del Audiovisión, de Gepe, como “Alfabeto”, es decir, las más oscuras, de vuelta en Chile. Es curioso que Heyne haya producido, también, el disco que menciono ahora: el último de Javiera Mena, que me inspiró mucho. “Sufrir” calza perfecto con el libro.

Luego, The Pains Of Being Pure At Heart. De los ocho años que viví en Brooklyn, nunca pude encontrar a la que dijera que fuera “mi banda”, ya que todos hacían rock. A mí me gusta más el dream pop y el shoegaze, un rock más romántico. Yo creo que me tendría que haber ido a Inglaterra, ya que Nueva York es rockera y descarnada.

¿Y Aurevoir Simone?

Sí, ellas fueron unas favoritas y tienen ese romanticismo. Incluso, me hice amiga de ellas. Aparecían en el libro en una parte que saqué, fue una tontera. Una de ellas tocaba teclado en el metro, solita. Yo la interrumpí, preguntándole que qué hacía ahí, si hacía una semana la había visto en un local, como diciéndole que ella no tendría por qué estar tocando en el metro. “Me divierto”, me contestó.  Le pedí su mail y la entrevisté para una radio chilena. Nunca sacaron la nota, una pena. Ella, como todos los del barrio, era muy buena onda, no era como acá que se quiebran por nada.

La chica que entrevisté me incluyó en su red de contactos y me invitaba a fiestas. Su música es muy delicada, femenina y romántica, algo triste, por momentos, tiene ese lado agridulce que me encanta. Las vi muchas veces, una de ellas junto a Nutria. Los terminaron asistiendo en los teclados, y siendo tan suaves, y secas, de conservatorio, los encantaron.

Los dolores de ser puro del corazón

El rock le faltaba a María José, sin embargo, descubrió a los Pains justo antes de partir de Nueva York, a través de una nota en el Village Voice que los recomendaba a todos quienes añoraran el shoegaze de Jesus and Mary Chain. No alcanzó a verlos en vivo pero la marcaron, al punto de querer llamar su novela así: “Los dolores de ser puro del corazón”.

Estaba cansada del rock post punk, y de los hipsters, ya que, si bien admiraba a Grizzly Bear, sabía que tras ellos había diez bandas más que estaban ahí por la pose. “Lo anti-cool es lo cool”, cita Viera-Gallo de una nota de Vicente Sanfuentes. Ella apunta a eso, de que jugar a ser cool (“a ser Beck”, dice), y mostrar una careta ya está pasando. “Yo creo que lo que está volviendo es el romanticismo, no sólo como lo hago en mi libro, o en la literatura, sino en la música”, explica. “Es algo muy de los ‘90, como Shogún, de atreverte a decir que algo te duele y llorar, y no jugar a ser un niño naíf o que es así porque tiene tal ropa”, concluye.

No es una casualidad que el Catch the breeze de Slowdive haya pasado en banda por sus audífonos al escribir “Memory Motel”. El libro posee esa misma atmósfera en cámara lenta y nostálgica, que parece flotar, como los clásicos del shoegaze británico. Al igual que Ágata Bravo en una de las escenas de la novela, María José se lanzó vestida de esquimal a caminar bajo la nieve que caía, con “Machine Gun” en sus audífonos.

¿Cómo viviste eso?

La experiencia es como flotar. A mí no me parece triste ni me deprime, al contrario. Para mí, esa música es algo cálido, y me dice que la vida también es así, como esas canciones. Es como un iglú, un lugar donde refugiarse. Sueño entrar a un bar y que esté sonando Slowdive. En mi generación existía Sien. Yo era amiga de Rubén, el guitarrista, quien falleció. Alcanzaron a grabar una canción de su disco, junto a Cerati: “Óleo”. Salió una mezcla de la canción, pero más melódica con respecto a lo ruidoso de la banda.

Adolescencia a los treinta y tantos (¿How does it feel to feel?)

“Verano robado” era una novela cálida y veraniega, sobre las experiencias de una adolescente. “Memory Motel,” es más invernal y se remite a una treintañera, quien debería tener su vida formada (matrimonio, hijos, trabajo) pero frente a la que todo se derrumba y se vuelve a hacer los mismos cuestionamientos: ¿Adónde voy? ¿Por qué no puedo ser como quiero ser? ¿Quiénes son los falsos y los de verdad?’.

“Es una segunda adolescencia en la que vuelves a despertar, y a lo mejor, es la última vez en que te cuestiones esto. Después, una ya es lo que es, simplemente”, comenta la autora. Para ella, no es cuestionable llegar a los 40 años y escuchar Slowdive, al contrario, es sano. En su nuevo libro, Ágata quiere volver a este pasado adolescente y agarra una copia de Stone Roses, aunque al final, sólo la usa para aplastar a una cucaracha.

Dentro de las citas de la novela, está un tema de Electronic, que aparece en dos ocasiones: en la fiesta cuando ella conoce a su ex -marido, y cuando, al final, ella intenta olvidarlo, en el listado del Wurlitzer del bar del “Memory Motel”. Por un lado, en la obra, está la banda sonora del barrio, con Animal Collective, o Interpol, y por otra, la que Ágata escucha en la casa, como Stone Roses. Es más, el momento de la separación es cuando el marido llega a la casa para sacar sus discos y deja ahí ese vacío, ese silencio.

Ágata no volverá a utilizar la tornamesa, la que queda tan congelada como su dueña, quien cae en la depresión. No será hasta que ella vuelva a asomar la cabeza, en que la música vuelve a su vida, con ese paseo a Soundfix en el que descubre a un cantante de folk triste, o de la mano de un chico que la saca de su escondite a recorrer la ciudad, de quien circula el mito que es un músico que lo dejó todo y se escondió en las sombras.

¿Tanto así?

Con una pareja alcanzas a acumular bastante música en común. Luego, cuando él se va y se lleva sus discos, ella no hará más el rito de sacar un disco y ponerlo a girar, que es más sagrado que el computador. La única música que oye es la del heladero, y le es traumático. Cuando ella vuelve a la vida, se compra un disco. Aun así, le da miedo escuchar algo que le duela (menos lo que compartía con su ex, eso es muerte súbita, se ríe) ya que está frágil. Ésta es una de las sub-tramas que quise trabajar en el libro.

Ágata conoce a un músico que la saca a pasear…

Sí. Ése es Trevor. Ese personaje, que se había cansado de todo y dejó la fama, lo inventé luego de que entrar a cafés con tantos hipsters: todos eran rockeros, con su myspace, emergentes, o no sé. Y estaban ahí por la onda y por la ropa. Yo no me atrevía a sentarme ahí. Era demasiada taquilla para mí. Trevor era un disidente. Él renunciaba a todo esto, a venderse. La fama de los rockeros los puede destruir, a tipos como Kurt Cobain. No quería irse a California y vivir haciendo caritas para caer bien. Él quería estar en su bosque con heroína, o como sea, y bien. Trevor es un poco así, vaga de techo en techo, sin hacerse notar mucho.