Sobre el rock como reacción a la vida en Los Andes, sobre invocaciones demoníacas y los beneficios de grabar sesiones con guaguas en el estudio, hablamos con Cerebro, menos conocido como Carlos Reinoso, la mitad de Mostro.

Caminando por Providencia junto a Carlos Reinoso, la mitad del dúo andino Mostro (lo de andino es porque él y su hermano Jaime son nativos de Los Andes, no por su música), nos encontramos con los afiches de la presentación de Roger Waters, que toca The Wall íntegro en marzo próximo en Chile. Le pregunto si piensa ir a verlo. “No, ni loco”, contesta. “¿Te imaginas lo devastador que debe ser repetir la misma presentación una y otra vez? Yo lo encuentro un poco aberrante”.

Carlos, más conocido como Cerebro, cultiva un personaje excéntrico e ilustrado, mezcla de hombre renacentista, músico autodidacta, ilustrador y artista gráfico, y adorador de Satanás en sus ratos libres. Claro que no necesariamente en ese orden, y no necesariamente tan en serio tampoco.

Hablando de presentaciones y rituales, de provocaciones y recompensas, todas las actuaciones de Mostro tienen algo inesperado. Algo que ya se insinúa en los discos del dúo, colecciones de pequeñas estructuras rítmicas, agresivas y complejas, que se resuelven en apenas los proverbiales tres o cuatro minutos que aconseja la receta punk.

Cuando lanzaron su segundo disco, Consumido por pájaros, el 2006, arrojaron a la gente unas chocolatinas peruanas que en la etiqueta decían Mostro. Pocas semanas después, en la víspera de Semana Santa, apenas a metros de una marcha que celebraba la resurrección de Cristo, Mostro invocaban a Mandinga a grito pelado en una presentación en el Centro Cultural Alameda. Todas las presentaciones de Mostro parecen tener un libreto. Y en todas se puede esperar lo inesperado.

Me parece que en cierto nivel las presentaciones de Mostro son más bien rituales en los que ustedes son los oficiantes y el público es una congregación, más que sencillamente mostrar lo que hacen sobre un escenario. ¿Se lo plantean así conscientemente?

Sí, lo comparto. Cada presentación es un poco un ritual, y también estamos subyugados por las pequeñas variables de la casualística. Hasta los estados de ánimo pueden causar que se desconfigure una mesa de sonido, por ejemplo. O que toquemos todo bien, o que terminemos autosaboteándonos.

No es la primera vez que conversamos, y antes hemos hablado sobre tu fascinación, por lo menos a un nivel estético, con el satanismo, con ciertas formas de vida parasitarias, con las imágenes de la microbiología. ¿Cómo se integra eso con la música de Mostro?

Nosotros nos burlamos de la cultura patronal de la zona central de Chile, de la burguesía, de la idea de dominio que viene del siglo pasado y que se perpetúa hasta hoy. Si yo pudiera escoger, por ejemplo, con quien salir a dar un paseo por la ciudad, yo preferiría darle la mano a Satanás. Las religiones blancas tienen esa constante, la de producir rebaños, congregaciones que miran al mundo desde un lugar “correcto”, no en vano la palabra religión tiene su origen etimológico en “re-ligio”, re-enlazar, renovar una amarra.

Y toda nuestra imaginería, los animales perversos, las citas a Mandinga o lo que sea, son para nosotros un poco como canciones de campamento, de estar solos frente a los elementos, de enfrentarse a la naturaleza salvaje amparados apenas por una carpa. Me acuerdo que cuando vi The blair witch project me deshice de miedo, por ejemplo. Yo creo que al final todo tiene que ver con Los Andes.

Te iba a decir eso, me suena como a reacción ante un sitio tan agreste y tan provincial en ciertos aspectos, con ese culto a su santa y todo eso. ¿Consideras que Mostro tiene ciertas alusiones explícitamente provocativas?

Es que es un acto de provocación a través de los temas más evidentemente sensibles. Es una manera de explicar cómo vemos la vida en puras imágenes, sin texto, porque no necesitan más textos. Como las esculturas de una catedral o las ilustraciones de los libros de los pentecostales, que resumen perfectamente su ideario sin necesidad de explicaciones. ¿Los has visto? Esas revistas como Atalaya, que muestran a los creyentes felices en el paraíso mientras el resto se hunde en el averno. Los evangélicos me parecen brillantes en ese sentido. Y a las evangélicas siempre les he encontrado un lado medio sexy con sus faldas hasta más abajo de la rodilla.

Hablemos del tercer disco de Mostro, Libre para regurgitar a la intemperie. Eso de vomitar al aire libre me suena un poco alcohólico, ¿de dónde viene?

Tiene que ver con los mecanismos imperantes en la actualidad, con los que la música se ha comercializado y no industrializado. Tenemos un negocio de la música, no una dinámica de producción. Aquí no hay industria. Si hubiera industria desarrollada, al nivel de otros países, a lo mejor habríamos sido más groseros y le hubiéramos puesto “Libres para defecar en la intemperie”.

Me llamó mucho la atención que en la nota de prensa del disco, de Quemasucabeza, decía algo así como que ustedes estaban incorporando teclados que gatillaban eventos… ¿qué significa eso? ¿Controladores MIDI?

No, para nada, es un chaos pad nomás. Nuestro sonido va cambiando con la tecnología que llega a nuestras manos, pero hacemos todo en tiempo real para que cada presentación tenga el flujo orgánico de cómo desarrollamos nuestra música. Hay canciones del disco que tuvimos que rehacer por completo para poderlas tocar en vivo.

Hablando de eso, ¿cómo componen? ¿Tienen algunas ideas preconcebidas? ¿Improvisan desde cero?

Yo no sé leer música y alguna vez desarrollé una tablatura con signos para poder tocar los teclados, yo miraba mis apuntes, con cuadrados, rectángulos, nosotros hacemos jams. Y por lo general las canciones parten de Jaime, él es el motor, el corazón, los brazos y los pies.

Y tú eres el Cerebro. Hablando de Jaime, es una lástima que no hayamos podido hacer coincidir los horarios de ustedes dos. Recuerdo una sesión de Mostro que grabamos en radio Concierto, bueno en la vieja radio Concierto, en la que varios ingenieros de sonido se acercaron a ver a Jaime sólo por ver la perfección técnica con la que toca. Para mí Jaime es una especie de metrónomo humano, pero al mismo tiempo parece estar siempre al borde del ataque cardíaco, toca con un frenesí que no se ve mucho.

Jaime empieza con un ritmo, yo me sumo a eso con el teclado, y eso es un esqueleto al que le vamos poniendo carne, los matices de los platillos de Jaime podrían ser los capilares y los músculos. Las canciones, al final, son criaturitas. Y cuando tocamos entramos en una conexión extraña. No nos miramos, sabemos exactamente lo que viene después de manera casi instintiva. Levantar la vista del instrumento de cada uno para mirarnos puede hacer que todo desencaje desastrosamente.

Volviendo un poco a la historia de Mostro. A pesar de que en los tres discos hay diferencia, lo que prima son las continuidades: un sonido apretado, abstracto, pero casi punk, que lo mismo se puede leer desde el hardcore, desde el rock experimental. ¿Te imaginas alguna vez componiendo canciones que la gente pudiera tararear? ¿Te gustaría escribir una canción que la gente pudiera silbar en el metro?

No, no me gustaría para nada. Hay detrás de eso un proceso de esclavización que me parece miserable. A Gepe, por ejemplo, los aplausos de “Namás” lo van a perseguir hasta la tumba. A través de eso, la gente cree que se puede lograr cierta pregnancia, cierta permanencia en las cabezas de la gente. Pero es como ponerse cadenas. Yo prefiero trabajar desde la incomprensión y el descontento. No me gusta ser buena onda. O sea, yo recojo mi basura, reciclo mis papeles y todo eso, no soy completamente un mal tipo.

Y haciéndote cargo de la historia de Mostro, ¿hacia dónde ves que podría evolucionar la banda en el futuro?

Podríamos sumar más músicos, como por ejemplo a la hija de mi hermano, que ahora tiene tres años. La sentamos en una sillita cuando todavía ni caminaba durante nuestros ensayos, y la urgencia por mantenerla entretenida nos dio el impulso para componer. Y la niña ya ha dado muestras evidentes de su talento con la batería. Yo creo que quiere crecer para poder alcanzar luego el pedal del bombo. Yo la he visto tocando en sueños… y no es hueveo.

Y bueno, también me gustaría expandir la imaginería audiovisual de Mostro, incluir más mis dibujos, qué sé yo. Y también… no, pero eso no lo voy a decir, porque después van a andar diciendo que se me ocurren ideas terroristas.