Una cueca, un tango o una tonada pueden ser tan potentes como el rock más contestatario. En eso cree Rodrigo Pinto, al mismo tiempo cantor popular y explorador sonoro. De sus maestros y su escuela, de la diferencia entre folk y folclore y de Árboles en construcción, el disco en que une electricidad y sicodelia con música chilena de raíz urbana, habla el líder de Pintocabezas.

Fotos y videos por Juan Sebastián Domínguez.

La semana pasada a esta entrevista Rodrigo Pinto Cabezas acompañó en un pequeño concierto a Luis Araneda, El Baucha, fundador de Los Chileneros y patrimonio andante de la cueca brava. Un par de días después, tocó en el Teatro La Aurora junto al grupo de fusión de Lucho Castillo y el domingo estuvo toda la tarde interpretando tonadas, tangos y valses para longevas cantantes como María Ester Zamora o Lucy Briceño en la Casa de la Cueca de la Avenida Matta.

Que ese mismo guitarrista y cantor de oficio popular sea, además, un avezado explorador de las posibilidades de la electricidad para generar atmósferas y efectos personales en función de canciones de alto poder emotivo puede sonar curioso, pero coherente si se atiende a Árboles en construcción (La Viseca, 2013), el cuarto disco de Pintocabezas, un valiente trabajo de fusión entre rock expansivo y los ritmos y sonidos de la raíz folclórica urbana.

Elementos de ambas tradiciones se escucharon en el debut solista y ¡triple! de Pintocabezas en 2010, conformado por los volúmenes de improvisaciones guitarrísticas The Erasmo tapes I y II (Productora Mutante) y la aproximación a la canción, casi siempre instrumental, de Cabezaspinto (La Viseca). Pero en Árboles en construcción Rodrigo Pinto se atreve a proyectar la voz al estilo cuequero y se acompaña de pianista, bajista y baterista para moldear un sonido eléctrico y orgánico a la vez, muy personal.

—Para mí lo más importante es que la cosa suene natural, que no parezca que agarramos algo y lo tratamos de maquillar de rockero o de folclórico; que la canción, sea tocada con una guitarra de palo o con toda la banda, tenga esa esencia —afirma de entrada.

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La biografía musical de Rodrigo Pinto es llamativa: estudió un tiempo guitarra de jazz, tocó en el grupo de rock progresivo Ábrete Gandul, participó de la escena de noise y experimentación de la Productora Mutante, ha cantado en las calles y en las micros y es un joven pero adelantado intérprete de cuecas y tonadas. A ese universo accedió cuando vivía en una pieza cercana al mercado de La Viseca (de ahí el nombre de su sello), en la Estación Central de Santiago, donde escuchó de primera fuente a verídicos cantores. Se enamoró del folclore urbano, lo estudió y hasta integró un buen tiempo la institución cuequera Los Chinganeros invitado por su maestro, Lucho Castro. Hoy, se desdobla tocando donde lo necesiten o inviten, acompaña en guitarra y voz a El Baucha y a Lucho Castillo, prepara arreglos para el folclorista Dángelo Guerra, colabora con el músico electrónico argentino Martín Minervini y ayuda en su disco al guitarrista flamenco Claudio Villanueva, entre otras labores.

—Para mí, hacer música es hacer música, no un estilo —distingue Pinto—. La otra vez estaba con un amigo en mi casa y miraba mis discos y se sorprendía porque encontró uno de Slayer, otro de un arpista de Chillán y después uno de Frank Zappa. Y también está toda la admiración por los grandes maestros del sonido, desde Brian Eno hasta Stockhausen y Varèse. Para mí es cierta esa pluralidad de estilos. En folclore también estoy componiendo desde hace un tiempo y arreglando un montón, pero es distinto, porque cuando uno tiene un grupo está defendiendo sus canciones y eso tira mucho. Pintocabezas es la prioridad de mi vida y de ahí todo el resto, pero ya me crié en el folclore y en todos los otros estilos y estoy ahí igual.

Un buen ejemplo de eso de estar en varios sitios a la vez es la última canción de Árboles en construcción, “Tirana, segunda vez”: allí hay samples vocales de desaparecidos próceres de la cueca como Hernán Nano Núñez, Eduardo El Mesías Mejías o Mario Catalán. Y la música, densas atmósferas de guitarras con efectos, rasgueos de cuerdas de nylon, percusiones en 6/8, voces etéreas y chiflidos achorados, está interpretada por Pintocabezas junto a folcloristas de la camada joven, como Fernando Barrios (de La Gallera), Lucho Castillo (fundador de Los Tricolores), Pablo Guzmán (fundador de Los Trukeros) y Felipe Fuentes. “Tirana, segunda vez” es una tonada sicodélica, si eso es posible.

—Mi intención de tener a esa gente ahí era por dos motivos: en la parte de la tonada, en la rítmica, hay contrabajo, hay guitarra, y necesitaba gente que sepa del estilo. Y también necesitaba sacar de contexto a estos músicos, que son puros cuequeros. Igual, todos deben cachar algo de rock o lo que sea, pero no sé si alguna vez hayan tenido esta experiencia de improvisación terrible de abstracta, porque no estábamos improvisando versos ni melodías de cueca, sino que netamente improvisando sonidos, ruidos y atmósferas.

En una línea similar, otros esfuerzos por recontextualizar —o descontextualizar— la tradición en Árboles en construcción son las versiones para “Arauco tiene una pena”, de Violeta Parra, y “No le pongai nombre al puerto”, original de Hernán Núñez Oyarce.

—Es una cueca súper brava, a mí me pareció siempre tan brígida que la encontré muy rockera. “No le pongai nombre al puerto” es como “no hablís huevadas”, y la letra es muy de bajo fondo, entonces pensé que era rock and roll por sí misma. Así descubrí el rock en el folclore: descubrí que con una guitarra de palo podías lograr los más altos niveles de potencia rockera. Es como lo que hicieron los bluseros en Estados Unidos: escuchas a Son House y parece que el viejo se fuera a elevar de la silla, con una potencia, una fuerza, y también hablando cosas súper brígidas, que es algo que me gusta mucho de las canciones antiguas, que tienen unos textos muy acabados, sin ser cursis decían lo que querían con las mejores palabras, lo que le daba más universalidad a la música que hacían, a pesar de ser muy folclórica.

—Y esa letra la dices sobre una guitarra que pasa por una cadena de efectos y creas atmósferas bien densas.

—Se trata de revivir esa letra, porque lo que dice está muy bien dicho, y yo me tomo la atribución de volver a decirlo, de parafrasear al Nano Núñez con toda esa bravura suya propia de su vida, y volver a decir “No le pongai nombre al puerto”: tanta verborrea, tanto blablá y tan poca acción.

—¿Por qué otro cover de Violeta Parra?

—Porque todos tenemos que hacer covers de Violeta Parra, si la Violeta Parra es lo máximo, uno de los máximos exponentes de la música mundial. Y además es mi compatriota, entonces quiero homenajearla siempre y siempre trato de aprenderme una nueva canción suya para poder cantarla cuando sea necesario. Estando en el ambiente folclórico me ha pasado que cuando salimos de Chile, en Argentina o Perú te piden canciones que no me gustan, como “Si vas para Chile” (original de Chito Faró y popularizada por Los Huasos Quincheros), entonces cantar canciones de Violeta Parra es llevar la banderita, es como andar con un santito. Violeta Parra de repente va para un lado y no sabes para dónde va, es pionera en eso, en el rock alternativo.

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Grabado el 1 y 2 de mayo del año pasado en los Estudios Triana de la capital, Árboles en construcción fue registrado totalmente en vivo, esto es, sin permiso para errores ni sobre grabaciones. Así como suena el disco suena la banda, integrada por el bajista y percusionista Pedro Santander (de Ábrete Gandul), el baterista Juan Pablo Pinto (hermano de Rodrigo) y la pianista, guitarrista y percusionista Claudia Mena (del grupo folclórico El Parcito).

—El disco es el fiel reflejo de lo que somos, sin más ni menos. Así tocamos y así hacemos música, con estos elementos —confirma—. Encontramos un sonido, que es lo más importante cuando uno tiene una banda. Las ideas vienen de mi cabeza, pero si la banda no tiene fiato, no tiene onda, es súper difícil hacer lo que uno quiere, reflejar algo en la música. Yo, con mi pedalera, siempre busco sonidos de la guitarra que sean distintos, pero esos toques son los únicos bien eléctricos, porque todo el resto del sonido de la banda es más bien orgánico, con un bajo más bien limpio, un piano y batería. La guitarra vendría a ser el elemento que saca de contexto esto tan acústico.

—La voz es muy distintiva en el disco, tu forma de cantar, que viene de la cueca, es muy potente y clara y le da mucha emoción a los pasajes más intensos y abstractos.

—Este disco responde a un momento en mi propia formación como músico, donde también me he ido desarrollando como cantor. Ya no soy el cantor de hace tres años, porque son tres años de estudio. Yo estoy constantemente tratando de mejorar, y no es que me esté quebrando, pero esto de estar metido en el folclore y compartir con viejos es súper exigente, porque los viejos no fallan, tienen la voz siempre lista para cantar y tienen unos volúmenes súper fuertes, llegan a tonos súper altos, entonces para mí, desde que entré en este mundo, ningún año he cantado igual al otro, todos los 18 de septiembre canto distinto. Eso también ha influido en la claridad que uno tiene para mostrar lo que uno quiere decir, que tal vez es algo que nunca me había pasado y por eso sacaba discos instrumentales, porque todavía no tenía una voz cantante que me permitiera decir lo que quiero.

Árboles en construcción es un disco de canciones hechas y derechas, a diferencia de tus discos anteriores.

—Encuentro que es difícil hacer canciones por eso, porque siempre he defendido que no se hagan cancione que hablen huevadas, no me gustan, independiente de que algunas sean entretenidas y las hayan cantado Los Beatles, pero es difícil hacer canciones porque uno tiene que saber bien lo que dice, porque te tienes que hacer cargo toda tu vida de esas palabras. No es solamente qué dijiste, sino cómo lo dijiste. Ahí la escuela del tango, la escuela cuequera, los boleros, los valses peruanos para mí han sido fundamentales.

—Esos géneros son los que tienen mejores letras en castellano.

—Y el approach rockero real latinoamericano. Están Los Ángeles Negros, Los Jaivas, hasta Charly García, Spinetta, lo que sea. (Roberto, el Polaco) Goyeneche con (Aníbal) Troilo, (Osvaldo) Pugliese, el mismo (Carlos) Gardel, la Lucha Reyes tienen una intensidad para decir… y no todas son letras de abandono. Como que uno cree que los tango o los valses son estilos casi sólo de romances, pero también hubo compositores súper políticos, súper sociales, muy del reclamo, algo que tiene mucho el tango, que es muy analista de la época, bien duro y hardcore para enfrentar la realidad, de decir que todos los huevones mienten y que el mundo es una mierda, y estamos hablando del año ’20. Es la fuerza que tiene el folclore, es la fuerza de Atahualpa Yupanqui cuando está con su pura guitarra cantando “Preguntitas sobre Dios”, cosas realmente potentes.

—¿Pretendiste acercarte a esa profundidad?

—Es la búsqueda, la búsqueda de la poesía, encontrar la pluma, que es un trabajo de toda la vida. Siento que vivimos en un país y estamos en una época en que tenemos que decir cosas. Está bueno cantar de que me levanté en la mañana y tenía un poquito de pena, pero creo que es importante que hablemos de nuestra sociedad, de nuestra identidad, de nuestra problemática, y poner eso en las canciones me llama mucho la atención, porque siento que es una forma de contribuir, como músico, a que esta sea una sociedad distinta, porque todo se transforma en una fiesta y todo es muy cool, pero nos olvidamos de la esencia del canto, que tiene que ser verdad y sanación.

El ingeniero de grabación de Árboles en construcción —y de Cabezaspinto— fue el omnipresente Gonzalo González, a quien Rodrigo Pinto conoció en 2005 cuando ambos compartieron departamento durante dos meses en Ciudad de México como parte del equipo técnico de Los Bunkers. Y fue Chalo González quien motivó el título del disco.

—Chalo González me regaló un cráneo plástico, pero sin la tapa, y yo pensé que tenía que hacerle un jardín a este cráneo, porque la muerte florece, finalmente de la muerte siempre sale vida —recuerda—. El ser humano cree en esta época que puedo construirlo todo, que puede ser el máximo creador, y finalmente nunca vamos a ser capaces de crear un árbol, de construirlo.

—Pero sí canciones.

—Las canciones también tienen un proceso de crecimiento, desde una idea muy básica hasta que se transforma en una red compleja de sonidos y que termina en algo grande que da un fruto cuando alguien lo escucha y se reproduce en su cabeza.

—Ya que hablamos de música chilena, ¿crees que tenga algún rasgo distintivo?

—Una cosa podría ser la melancolía, este es un país súper melancólico por naturaleza, ya que estamos encerrados entre la cordillera y el mar, es un país medio contemplativo y hermético, entonces tenemos una melancolía que se puede reflejar tanto en una letra como en una melodía, tiene variantes, no es una regla. Eso por lo menos en las músicas que están más ligadas al folclore, porque encuentro que se ha ocupado caleta la palabra “folk” para arriba y para abajo, que quiere decir folclore traducido literalmente, pero igual hay muchas cosas que no tienen nada de folk, de folk chileno. Hay cosas que he escuchado de muchos de los cantautores modernos que se tildan de folk, que los huevones no han cantado una tonada o una cueca en su vida.

—Es un nombre mal puesto, pero… ¿deberían tocar tonadas?

—No estoy diciendo que sea requisito para ser músico chileno, pero son músicos chilenos y seguro que se saben una canción de los Kinks o de los Beatles o de algún blusero gringo pero no se saben canciones chilenas. Es una cosa de intereses, pero eso marca mucho la diferencia de cuando te digo que la música chilena está hermanada, que no es lo mismo poner a cualquier compositor medio folk moderno que poner a un loco más comprometido con el folclore, ahí siento que se hermanan mucho más las cosas entre los que están haciendo música más a la chilena, porque yo también encuentro válido que haya gente que quiera hacer música a la inglesa y a la gringa, que finalmente son los estilos más atractivos y fáciles por la cantidad de discos y difusión que hay, es lo primero por donde uno casi siempre entra, por el rock, por Neil Young o Bob Dylan, pero nosotros también tenemos a esos personajes que se subieron a cantar con guitarra de palo solos en cualquier escenario.

—¿Recomiendas escuchar más música chilena verídica?

—Sería la raja, pero quién soy yo para decirle a los músicos chilenos lo que tienen que hacer, cada cual sabe dónde le aprieta el zapato y sabe cuál es su inquietud artística. Gracias a algo yo caí en el folclore y me siento súper agradecido. Yo estuve ligado toda mi vida al folclore, pero no me sentía un folclorista hasta que ya estaba muy metido y agradezco mucho que ésta sea mi escuela. Cuando todo eso empezó a hacer sentido vino una cosa de pasión, porque el folclore te tiene que apasionar, sino no te gusta. Es como con el metal: si no te apasiona el metal, te aburre, te parece una sonajera de tarros.

—Es pasión e investigación.

—Hay de todo, pero, por lo general, lo más bacán es lo que está más oculto, y lo más bacán que yo he vivido en el folclore, además de buenas grabaciones que he encontrado y archivos de amigos y de viejos que me han mostrado como tesoros preciosos, también han sido mis vivencias con los viejos, de verlos cantar al lado mío en un bar, en una café, en una casa. Ahí está la esencia del folclore, no te puedes aprender el folclore por discos, puedes aprender ciertas cosas, pero no puedes aprender el folclore por Youtube. Mis primeros acercamientos, obviamente, fueron por discos, pero me di cuenta de que si uno no va al terreno no entiendes nada, no le puedes encontrar tanto sentido, no entra en tu sangre.

—Cuando le cuentas a los viejos o a tus amigos folcloristas que sacaste un disco, ¿cómo lo describes?

—Ja ja ja, es una muy buena pregunta, porque me ha pasado un montón de veces. Una vez estaba con el director de Los Chinganeros, el Luchito Castro, que me preguntaba cómo era mi música. Él es un poco más contemporáneo, no es tan viejo, y le digo “guitarra con un poco de folclore, rock, unos delay”. Le decía que los temas son bien pegados, con efectos, entonces el viejo viene y no halla nada más que decirme “ah, como Cerati y Melero”. Me cagué de la risa, porque en su imaginario eso era como experimentación latinoamericana. Y los otros viejos no me entienden nada, me preguntan y es una conversación corta. Cuando son viejos muy amigos, les digo que es una música medio pelacable, música volada.

—¿Y si te pregunta un amigo rockero?

—Fúmate uno y después me dices.

Pintocabezas presenta Árboles en construcción en vivo
Jueves 30 de mayo | 21:00 horas
Teatro La Aurora. Avenida Italia 1133, Providencia
$ 3.500 | 2 por $6.000

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