Segunda parte del resumen de discos internacionales de la temporada realizado por el equipo de Super 45. Lee la primera parte (del lugar 45 al 23), aquí y nuestra selección de los discos chilenos del 2018, acá.

22. Rosalía – El mal querer (Sony Music)

Otro fenómeno musical que probablemente pocos esperarían ver por acá, pero que sería más sospechoso obviarlo. Como si se tratara de un drama gitano, la tesis de grado de Rosalía Vila se vistió de polémica cuando las acusaciones de apropiación cultural cayeron sobre la obra de la española que se atrevía a mezclar los ritmos de tradición andaluza con el pop, el soul e incluso el trap. Una profanación para unos, para otros la natural evolución de un género que se niega a desaparecer a manos de una artista que lo llevó a un sitial impensado en pleno 2018 y honrando la memoria de grandes de la música flamenca. La riqueza del disco no solo está en su potencial reivindicador, sino también en la propuesta musical de la que pocos se han atrevido a hablar. Los clásicos chasquidos de dedos del flamenco transformados en una drum machine que hace trap con una novela romance española que habla de sufrimiento, celos, traiciones, feminismo y mucha pasión. El mal querer puede tomarse a la ligera y no pasa nada, pero si uno decide bucear un poco en su historia, te encuentras con una lírica y producción musical con vida propia (Rodrigo Ferrari).

21. J Balvin- Vibras (Universal)

¿Qué hace un disco de reggaeton en la lista de Super 45? El quinto disco del medellinense marca un hito que –como hemos visto en otras latitudes– más de una discusión ha generado en medios a este lado de la trinchera. “Mi gente”, el primer single promocional estrenado casi un año antes que el disco, definió un antes y un después para un género mirado en menos por eruditos y amargados y visto como un amenazante virus por la gran mayoría de quienes votan en esta página, aunque muchas veces, los sorprendamos en sus perfiles de spotify escuchando alguna de las 14 canciones del álbum. Lo de Balvin es atreverse a definir las columnas lingüísticas y rítmicas de un género que carga con una tradición de misoginia trasnochada, acá transformada en letras sobre la química del baile, el desamor y la euforia del romance; así como la repetición esperable del beat, que acá explora también cadencias menos obvias y en las que solo Balvin, un tipo que se sabe con el mundo a sus pies, se está atreviendo a aventurar (Rodrigo Ferrari).

20. Stephen Malkmus & The Jicks – Sparkle hard (Matador)

Para la gente atada a los 90, Sparkle hard es de esos discos que uno agradece. No aburre, al punto que ni siquiera dan ganas de pausar para ir a buscar algo que comer o tomar, como sucede con esas películas genéricas de Netflix. Malkmus tiene la habilidad de hacer buena música, siempre, sin importar si fue con Pavement, como solista o como hoy con los Jicks. Su sello se mantiene intacto con las décadas, hay cierto krautrock, guitarras estridentes y nos deleita en “Rattler” donde agrega el componente digital. También invita a Kim Gordon en “Refute” y “Shiggy” nos recuerda al Oasis de Be here now con sus mil guitarras. Un disco que lo deja tan bien parado como en Pavement, o mejor (Jaime Carrera).

19. Earl Sweatshirt – Some rap songs (Tan Cressida)

Con solo 24 años, Earl Sweatshirt ha puesto en circulación una obra que destaca entre la inmensa oferta de rap norteamericano. Sus discos apelan al riesgo sin presumir de vanguardistas o complejos. Con Some rap songs, el angelino cierra una trilogía que hasta el anterior I don’t like shit, I don’t go outside(2015, Tan Cressida), confiaba demasiado en la claustrofobia como motor principal. Aún no liberado por completo de esta premisa, firma un álbum que por fin profundiza en sus ironías, esta vez girando hacia la adultez, si tal cosa existe en el rap. Mientras varios de sus compañeros en Odd Future pusieron sus cartas en el pop o R&B, Earl embelleció su pantano con canciones a ratos delirantes, utilizando ritmos y rimas que proponen un nuevo cruce entre la baja fidelidad y algún tipo de jazz. Aunque no se note, Some rap songs es un disco alucinante (Freddy Olguín)

18. The Internet – Hive mind (Columbia Records)

Hive mind, el cuarto álbum de la banda The Internet, es un ejercicio conjunto y tiene apariencia de reunión. Esto porque tanto Syd, la carismática voz del colectivo, como Patrick Paige II, acaso el más importante instrumentista del grupo, decidieron previamente emprender proyectos en paralelo, que resultaron ser especialmente enriquecedores para el universo de The Internet. Operando como quinteto, la banda suma profundidad y detalles en la producción, un modo que a ratos hace guiños al virtuosismo, en tracks que aumentan el minutaje, sin acercarse aún al fantasma del relleno. En medio del conjunto, aparecen cortes ineludibles como “Roll (Burbank funk)”, piezas probadas de sutil R&B y pop, que pese a su contenido algo vintage, encajan sin problemas en el más moderno playlist. Si se trata de bajar las revoluciones, temas como “Bravo” nos recuerdan que Syd tiene una de las voces más sutiles de la cantautoría R&B actual, creando figuras que en varios momentos de Hive mind resultan encantadoras (Freddy Olguín).

17. Tierra Whack – Whack world (auto editado)

Quizás el gran fuerte de este disco es el formato en que se presenta: 15 canciones de un minuto cada una, que hacen de Whack world una obra fluida y coherente en sus temas. Un viaje de 15 minutos que no da espacio para el aburrimiento, y que te lleva hacia sonidos nuevos y ritmos precisos que van desde el R&B (“Cable guy”) hasta el dream pop (“Hungry hippo”). Pero en realidad, este es un disco de verdadero hip hop millenial (“Fuck off”) a cargo de la ex Dizzle Dizz -en 2017 volvió a su nombre de nacimiento, Tierra Whack- una adolescente de Philadelphia que se hizo famosa en largas sesiones de freestyle y raps improvisados. El mundo de Whack es sin duda un destino que vale la pena visitar, una ciudad del futuro y experimental, pero no por ello inconclusa ni temporal: sus espacios están bien definidos y sedimentados. Esto queda reforzado en los 15 mini-videoclips con los que Whack World es lanzado a través de 15 historias de Instagram. Una demostración de cómo las redes sociales han llevado a una recepción masiva y de mensajes claros capaz de incidir en el principio ordenador de un proyecto musical (Isabel Ogaz).

16. Courtney Barnett – Tell me how you really feel (Milk!)

Courtney Barnett antes se miraba a sí misma, su entorno y escribía sobre eso compulsivamente. Fue así como plasmó canciones con sarcasmo y desgano en sus primeros trabajos. En Tell me how you really feel, editado este año por su propio sello Milk, la australiana vuelve a mirar al espejo para recordarse cosas y seguir adelante. En el éxito conquistado todavía existe inseguridad, vulnerabilidad que expresa con riffs de guitarra, gritos casi guturales o, por el contrario, simplemente con suaves baladas. “Sunday roast”, por ejemplo, es una de sus mejores canciones escritas hasta la fecha y está dedicada a la amistad. Va armándose como un rompecabezas para reventar repitiendo “Keep on keepin’ on” (algo así como “continúa manteniéndote ahí”), frase que incluye al final de cada comunicado agradeciendo el apoyo (Macarena Lavín).

15. Young Fathers – Cocoa sugar (Ninja Tune)

Los Young Fathers nunca han sido una banda de hip hop. Es decir, por cierto que lo son, pero poner la música de los escoceses en la repisa al lado de Kanye West o de Jay-Z no contribuye mucho en el objetivo de cualquier clasificación: poder entender, ordenar o contextualizar. En su tercer disco, pese a ser su trabajo más accesible a la fecha, tampoco nos ayudan demasiado.¿Qué significa “accesible”, en cualquier caso? ¿Es posible denominarlos a estas alturas una banda escocesa sin ruborizarse, habiendo en su música más percusiones y sonoridades africanas que, digamos, gaitas? Como quiera que fuese, Cocoa sugar es también un signo de estos tiempos: caótico, desenfrenado y listo para desenfundar de vez en cuando ese bolso lleno de melodías pegotes que llevan bajo el brazo (Claudio Ruiz).

14. Neneh Cherry – Broken politics (Smalltown Supersound)

Recibí una mirada de desdén, esas propias del que se cree dueño de todas las respuestas del mundo, cuando pregunté por este disco en una disquería. Es que es básicamente “un disco de Four Tet donde Neneh Cherry canta encima”, añadió el sujeto, de pasada quitándole todos los méritos del disco a Neneh Cherry a favor del productor británico. Salvando el prestar la voz, supongo, como si eso se tratara de un asunto sin mayor importancia. En Broken politics hay comentarios sobre la crisis de refugiados, violencia, aborto y fake news, pero muy lejos de ser un desparrame de slogans tan propio de esta época; el disco va y viene con confianza de una artista con treinta años de carrera y pocas cosas ya que demostrar (Claudio Ruiz).

13. Tracyanne & Danny – Tracyanne & Danny (Merge Records)

Extrañábamos a la voz de Camera Obscura. Tras algunos años de silencio, Tracyanne Campbell regresa ahora a dúo con Danny Coughlan (vocalista de Crybaby) y producidos por Edwyn Collins, uno de los fundadores del indie pop escocés. Imprimen aquí canciones sobre corazones rotos, tristes y esperanzados, acompañados por melodías soul sesenteras y arreglos que van a contramano de las -casi siempre- lúgubres letras. Turnándose las voces principales, esta nueva pareja del twee pop parece no oxidarse y que bueno que sea así (Macarena Lavín).

12. Tracey Thorn- Record (Unmade Road)

Seguir en twitter a Tracey Thorn es una experiencia muy divertida. Sus opiniones respecto a la música, la política británica o incluso lo que pasan por la telly siempre están salpicados de un humor seco y cortante que la convierten en un personaje de esos que uno quisiera ser amigo siempre. Porque la ex vocalista de Everything But The Girl es una persona tan corriente como encantadora y sus discos como solista reflejan esto de alguna manera u otra. No hay acá identidades misteriosas o atisbos de divismo, sino que una mujer de 55 años, madre de dos, que toma su experiencia de vida para cantar sobre el feminismo (“I fight like a girl” canta en “Sister”), las redes sociales o la gentrificación. Secundada siempre por Ewan Pearson en la producción, Record es un disco para bailarlo casi completo haciendo cuenta que todos nos haremos viejos en algún momento y moriremos. Y que bueno que así sea, por lo demás (Cristian Araya Salamanca).

11. Snail Mail – Lush (Matador)

Las luces se atenúan al correr la pista introductoria (“Intro”) del álbum. Luego “Pristine”, el primer single, define la tónica que tendrá la velada de Lindsey Jordan y su debut Lush. Un disco con guitarra y voz como protagonistas, que suenan tan limpios y honestos como las letras que las impulsan, relatando las vivencias desconsoladoras de una adolescente. Su sonido pop indie de medio trote, con aires de haber sido compuesto dentro de un dormitorio, suena a ratos como si Avril Lavigne fuera interpretada por una fan de Pavement. Pero más allá de las remembranzas a sonidos pasados, Snail Mail logra entregar un álbum fresco, auténtico y cantable a todo pulmón (Sebastián Rodillo).

10. Spiritualized – And nothing hurt (Bella Union)

Los adjetivos no son suficientes para definir la belleza de este nuevo álbum de Spiritualized. Un trabajo arduo en el cual cada instrumento se grabó por separado, numerosas veces, hasta la saturación de pistas para alcanzar -como indica el nombre de la primera canción- un “Perfect miracle”. Jason Pierce nos entrega algo más que una colección de canciones, un milagro perfecto en el que remememora los majestuosos discos de Phil Spector, objetivo que Pierce se autoimpuso y logró con sensibilidad, dolor, trasnoche y también esperanza y amor. Todo mezclado como debe ser (Macarena Lavín).

9. Mitski – Be the cowboy (Dead Oceans)

Desde su paso por la escuela de música, Mitski ha estado experimentando con varios estilos. Este año mezcló el protagonismo de las guitarras con sintetizadores y teclados, con una voz que llena todos los espacios posibles, manteniendo la intensidad de manera intacta, como latiendo. Así nos regala una propuesta más fresca y variada, proyectando la seguridad de una compositora curiosa que continúa buscando el lugar al que pertenecer en lo más cotidiano y universal, tal vez por su origen cosmopolita, se adelanta a los tiempos y nos sorprende gratamente en cada una de sus entregas (Macarena Lavín).

8. Amen Dunes – Freedom (Sacred Bones)

Lo nuevo de Damon McMahon (el hombres tras Amen Dunes) ha sido catalogado como el mejor descubrimiento del 2018. Un descubrimiento que tardó una docena de años en abrirse paso entre las complejas composiciones de sus primeros discos, ese folk a ratos algo rebuscado y balbuceante que ahora dio paso a que ese vibrato que McMahon le imprime a su canto fuera, como nunca antes, más asertivo. Freedom viene con una carga distinta, más que una exploración parece una declaración de principios, un grito emocionado intensamente personal, pero accesible a cualquiera que se sienta interpelado, un canto que sabe del momento en el que se vive, pero que también verá los años como quizás el mejor “descubrimiento” del 2018 (Rodrigo Ferrari).

7. Julia Holter – Aviary (Domino)

El quinto disco de Julia Holter trae 90 minutos de exploración sin compromisos, en donde los motivos que llevan a desarrollo el disco pueden ser crípticos mas no excluyentes. Disfrutar de las 15 piezas de este puzzle se encuentra en la variedad de los matices, en los pasajes reconfortantes que siguen a los caóticos, en la orquestación de cuerdas y vientos que bailan, juegan y pelean entre sí. Sin duda, un disco que requiere más de una sentada para terminar de digerir y que será siempre placentero re-visitar (Sebastián Rodillo).

6. Kali Uchis- Isolation (Virgin)

El experimento de Karly-Marina Loaiza ha sido un rotundo éxito. La colombiana-norteamericana debutó hace tres años con un mixtape que desafió a los taxónomos musicales que no supieron qué etiqueta colgarle a esta propuesta. Luego vendría Por vida, un EP no menos complejo que no temía en mezclar el doo-woop con un R&B vaporoso, que también terminó por bañar a Isolation, su primer larga duración y que vino –en sus cuatro singles promocionales– de la mano de nombres como Jorja Smith (“Tyrant”), Reykon (“Nuestro planeta”), Tyler, the Creator y Bootsy Collins (“After the storm”) y Steve Lacy (“Just a stranger”), posicionándose como uno de los buenos discos del año gracias a un neo-pop de habitación que suena siempre sensual, pero nunca empalagoso (Rodrigo Ferrari).

5. Las Ligas Menores – Fuego artificial (Laptra)

Continuando la senda de canciones sencillas con letras que permiten conectar con cualquiera, la nueva entrega de Las Ligas Menores logra colocarles en una posición privilegiada para el indie del cono sur. Tras repletar varios shows en nuestro país, había expectación sobre el nuevo disco de la nueva banda regalona de Laptra. Y la verdad es que el sonido de Las Ligas Menores tomó rumbos más expansivos que nunca al punto que han sido también fichados por Sonido Muchacho, el sello revelación de España (Rodrigo Herbage).

4. Yo La Tengo – There’s a riot going on (Matador)

Desde la separación de Sonic Youth, si es que existe una banda que pueda personificar todo lo que se entiende por “indie rock” es Yo La Tengo. 35 años de carrera, formación que no se ha modificado en un cuarto de siglo y una seguidilla de discos que se siguen moviendo entre los mismos márgenes (desde Velvet Underground al free jazz) pero que nunca resultan aburridos. Aun así, en 2013 tomaron un nuevo aire con la edición de Fade y desde entonces han estado más enfocados que nunca. Con un título algo confuso (¿acaso político?), There’s a riot going on tiene varios puntos en común con And then nothing turned itself inside-out (2000), otro disco donde las canciones lograban esa atmósfera tranquila y casi nocturna. No hay arrebatos ruidosos ni tampoco esas perlitas pop de menos de tres minutos que generalmente cuelan en sus álbumes. Por el contrario, este es un disco homogéneo que va metiéndose lentamente en el sistema casi como un estado de ánimo. Nada que sorprenda y justamente de eso se trata (Cristian Araya Salamanca ).

3. Beach House – 7 (Sub Pop)

Tras la “limpieza de desván” que fue el recopilatorio B-Sides and rarities (Sub Pop, 2017), el dúo de Baltimore se tomó las cosas con calma. En los once meses que tardaron en dar forma a 7, Victoria Legrand y Alex Scally dejaron ir a Chris Coady, su productor, y colaboraron con el ex Spacemen 3 Pete “Sonic Boom” Kember, quien ayudó a cumplir el propósito inicial de dejar de lado limitaciones autoimpuestas y a evitar el perfeccionismo y la sobreproducción. Con suaves toques electrónicos, la habitual mezcla de shoegaze + pop ensoñador y la contundente batería de James Barone, el séptimo álbum de Beach House trae más de una sorpresa en su interior. No te quedes sin descubrirlas (Pablo Meneses).

2. Low – Double negative (Sub Pop)

Junto a Bill Callahan, Yo La Tengo y The Sea and Cake, Low debe ser la banda que más veces ha aparecido en los recuentos de fin de año de Super 45. Más que aventurarnos en la causa de ello, caigamos en el lugar común y digamos que los de Duluth llaman la atención por llevar 25 años desafiándose a sí mismos, impulsando su sonido un pasó más allá de lo que se espera de ellos. El inmenso Double negative no es la excepción: en el que es, por lejos, su disco más abrasivo a la fecha, la banda invita a sumergirnos en los oscuros tiempos que vivimos hoy, rodeándose de capas de ruido blanco y distorsión digital. Como pocos trabajos este año, Double negative obliga al auditor a centrar toda su atención sobre él, a encerrarse en ese abismo caótico que han creado en este disco. No hay que inquietarse: es posible salir vivo de él si se sube el volumen al máximo mientras se escucha (Gabriel Pinto).

1. MGMT – Little dark age (Columbia Records)

¿Acaso tú también no dabas un peso por MGMT? Luego de ese debut arrollador de 2007 que fue seguido de dos discos bastante flojos y autoindulgentes nadie podría culparte. Cinco años pasaron desde su último lanzamiento y progresivamente fueron disgregando sus ideas, quedándose en un lugar indeterminado al punto de ser casi arrollados por las escenas neosicodélicas que con mucho menos estaban logrando tanto más. Acá está la primera sorpresa de Little dark age: claridad. Es el disco más pop de MGMT, aunque sin hits de la talla de “Kids” o “Time to pretend”, las canciones son concisas, directas, más simples. Aún bajo la producción de Dave Friddman (Mercury Rev, Flaming Lips), se suman, entre otros, colaboradores como Connan Mockassin y Ariel Pink, que contribuyen -no sabemos cuánto- a “retroactualizar” el ambiente general del disco. Cuando nos quejamos sobre lo dispersos o limitados que son muchos de los discos del pop neosicodélico post 2015, MGMT llega tarde, pero en gran forma a mostrar cómo se hace bien. Y si no pregunten a Matthew Dear que en un ejercicio de fanatismo poco visto decidió remixar el disco completo a modo de homenaje (Cristian Araya Salamanca).