El 10 de diciembre el legendario Stevie Wonder llega por primera vez a nuestro país. En este post recordamos su legado y comentamos parte de su obra más destacada, en los años 70s.

En general el cine y la literatura tienden a dejarnos solo lugares comunes en relación a los artistas afroamericanos. Pobreza, discriminación, abuso de drogas o problemas con la fama. Cierto o no, el tránsito de ser un completo desconocido a transformarse en celebridad no debe ser un camino fácil. Muchos no pudieron con la presión. Otros, como el caso de Stevie Wonder, sortearon prejuicios o estigmas, y a través de canciones inmortales lograron marcar a varias generaciones. Dicho en corto: traspasar décadas.

Desde el milagro de un niño ciego que mostraba un talento inédito en el coro de la iglesia, hasta el joven que firmaba discos imposibles en los años 70s llevándose todos los premios, mostrando una manera amplia y misteriosa de concebir la música. Ni la hipertrofia del baladista ni la presión por firmar hits -que sin duda no le faltan- lo desconcentraron en su sistemático quehacer. Especialmente en los primeros años de su carrera fue un artista impecable.

Inquieto en el género del soul y siempre proponiendo nuevas expectativas en los terrenos del funk, R&B y pop, el de Michigan ha sido sobre todo un músico capaz de retratar el amor en distintas formas. En esta dimensión no ha olvidado el romanticismo de postal (“My cherie amour”, “Overjoyed”), la búsqueda de Dios (“Have a talk with god”) o la pérdida (“Lately”).

Sus mejores canciones pueden ser formas de entender o resolver la estadía en el mundo, o convertirse simplemente en una experiencia profunda y lúdica. Esto pese a la amenaza constante de la caricatura, alimentada quizá no por él, sino por la máquinaria del espectáculo montada en torno a cualquier superestrella que se precie de clásico.

Poco importa entonces que sus baladas sigan siendo la coartada perfecta en algún filme veraniego, o la excusa para musicalizar una campaña de cualquier índole: discos como Innervisions o Songs in the key of life (1976) siguen brillando entre el polvo de las estanterías y los trucos de imitadores baratos.

Frente al argumento de su mejor tradición musical ligada a los años 70s, aunque igualmente nutrida por sus años mozos en la década anterior, la reciente noticia de que Stevie Wonder piense grabar un nuevo álbum, o revisitar al completo alguna de sus más preciadas obras en vivo es casi una anécdota, un pequeño bote salvavidas en medio de un océano de creación abrumador. Un mar de ideas y melodías que en los años 80s y 90s lejos de rendirse, se desarrollaron y complementaron vigorosamente, logrando el puzzle artístico que es su trayectoria en la actualidad.

Si en tempranos discos como Down to earth (1966) el joven Stevie ya tenía plena conciencia de que su impronta musical había llegado para encontrar múltiples ecos, luciendo varios de sus tradicionales recursos (composición plena, letras evocadoras, multiinstrumentismo), es con la llegada de los años 70s cuando comienza su peregrinaje más aclamado. Iniciando la década, Signed, sealed & delivered fue solo una pequeña muestra de su ensamble voz-armónica, ritmo-melodía.

Eso hasta la llegada de -siempre Motown mediante- Music of my mind (1972), soberbio y liberador ejemplo de que en su caso los moldes no servían. Temas como “Happier than the morning sun” o “Keep on running” mostraban a un Stevie certero, sin temor a los sintetizadores y sirviendo de introducción a una santa trilogía que es también parte de su obra mayor: Talking book (1972), Innervisions (1973) y Fulfillingness’ first finale (1974). Decimos parte, porque esto es solo una breve navegación en su océano creativo, apenas un lugar en su cielo.

Su nombre es Gran Hermano: Talking book (1972)

Con el funk y R&B como bandera explícita, en este álbum Stevie Wonder intenta conectar con una emocionalidad universal, y al mismo tiempo lograr un equilibrio con la tierra y sus raíces. La fotografía de la portada no es casualidad, el músico se ha propuesto conseguir a corto plazo una obra maestra que le otorgue una marca registrada perenne.

El uso de recursos innovadores para el pop de la época como sinterizadores y una obsesión por estar presente en todo el proceso creativo, convierten a Talking book en una pieza necesaria, aunque quizá sin el genio del inminente Innervisions. De todas formas aquí encontramos algunas canciones presentes en su cancionero más representativo, como “You are the sunshine of my life”, “You and I” o “Superstition”. Rodeado por un elenco incontestable de músicos y colaboradores, logra también la furibunda “Big brother”, donde expone su lado crítico y libertario, o el crescendo lírico de “Blame it on the sun”, que recuerda su tiempo en el coro de la iglesia.

Visiones de otro mundo: Innervisions (1973)

Muchos se han arriesgado en apostar por Innervisions como su obra definitiva. Continuando con la fórmula de producción y composición omnipresente aplicada en la mayoría de sus discos de esta etapa, Innervisions siempre ha destacado entre la serie de lanzamientos con los que Stevie Wonder irrumpió en los años 70s. “Golden lady”, “Too high” y “Living for the city” son algunas de las razones de su éxito, que -al igual que Talking book– no pasó desapercibido en los Grammys, situándolo ya como un esencial en el campo de la música negra y llevando a cabo un valioso intento por renovar la música popular.

Alucinado, políticamente despierto y sexualmente desprejuiciado, Innervissions puede ser la excéntrica respuesta  a Let’s get it on de Marvin Gaye, cuyos propósitos -igual de brillantes- apostaban a la sofistificación o hedonismo pop. El funk natural de “Higher ground” ya tenía a varios sucedáneos planeando respuestas no siempre acertadas, mientras que la luminosidad de “Don´t you worry ’bout a thing” combinaba perfecto con la portada afrocéntrica de Efram Wolff. Jugada maestra.

Por favor no te vayas: Fulfillingness’ first finale (1974)

Aunque tiene sendos méritos propios para salir airoso, este álbum funciona mejor como complemento de sus dos predecesores. Es también una zona de descanso no solo para mirar retrospectivamente la obra realizada, sirve para tomar un respiro y planear el siguiente paso, que según la cronología de Stevie Wonder sería ni más ni menos que el fornido Songs of the key of life (1976).

Fulfillingness’ first finale es una obra de transición que se disfruta de principio a fin, donde si bien el músico profundiza inquietudes vistas anteriormente, igualmente consigue zurcar recovecos que hacen vibrar sobre todo a sus más fieles. Prueba de ello son “Bird of beauty” (todo un carnaval), la celebrada y groovie “Boogie on reggae woman” o “Too shy to say”, infaltable en cualquier antología de baladas. Tampoco pierde vigor su armónica (“Please don’t go”) ni olvida el romanticismo onírico (“Por qué siempre te apareces en mis sueños”, susurra en “Creepin”). Todos los elementos wonderianos están aquí en su lugar, talvez por eso el músico se tomaría un poco más de tiempo para ir por su siguiente registro, pero en este punto Stevie ya tenía reservado su lugar en el Olimpo de ébano.