Todo tiempo esconde un nuevo tiempo. Una suerte de motor que constantemente funda y refunda las cosas, dando aires de novedad. Por lo general falsa novedad. Simplemente réplicas de lo mismo pero maquilladas de distinta manera. En este caso el tema es el videoclip y su contingencia, que pareciera estar en un punto de bisagra entre un tiempo y otro. Hace un rato, con mi colega Ignacio Rojas le hemos dedicado tiempo a hacer algunos videos y ahora nos invitaron a escribir nuestra opinión sobre la actualidad del formato. Luego de unas cuantas divagaciones dimos con ciertos caminos para compartir.

Los motores que van produciendo cambios en las formas de creación por lo general son cruces y diálogos en distintos niveles: ideológicos, tecnológicos, estéticos, culturales. De todas las aristas de las actuales transformaciones del videoclip, hay dos que merecen particular relevancia. Por una parte, un cambio radical de su aparataje tecnológico en la fase de realización; y por otro, un desplazamiento violento del espacio en donde se desenvuelve como obra.

En cuanto al cambio tecnológico el conflicto está más que masticado y comentado, ya que excede este formato e inunda todas las disciplinas del arte audiovisual. De un momento a otro, las tecnologías necesarias para generar una obra con cierto estándar se volvieron domésticas. La calidad de una imagen que antes era sólo reproducible con una costosa inversión en maquinaria se traspaso a pequeñas cámaras que ya no discriminan entre el espacio casero y el espacio profesional. Así, la posibilidad de generar una obra ingresó a la dimensión cotidiana y se transformó, si se quiere, en un acto tan ligero como escribir tres líneas en la última página de un cuaderno durante un trayecto de bus.

Como segunda arista, quizás menos comentada pero más interesante, está la relación entre el videoclip y su espacio de exhibición. Una obra está innegablemente determinada por el espacio dónde se desenvuelve. El ejemplo de un museo es gráfico: colgar una escoba en la pared de un museo puede ser entendido como obra. Más allá de su técnica o calidad formal, tiene que ver con que se incorpora en un lugar de diálogo con otras obras y su simple presencia se vuelve al menos un comentario, una reacción, una irrupción o una reflexión sobre ese espacio y el arte que determina. En el fondo, un lugar donde la obra es validada en tanto obra. Buena obra o mala obra, al final del día se entiende como tal. De una manera tosca y media forzada se podría hacer un paralelo con el videoclip y su consolidación como formato en las grandes señales televisivas como MTV. Antes del surgimiento de estas cadenas sólo existían antecedentes de un formato que aún no tenía una demarcación precisa. Shows en vivo registrados  audiovisualmente, películas cortas con estrellas de la música, obras cinestésicas de arte: todos antecedentes de un formato que recién se instaura y adquiere fuerza con ese nuevo espacio televisivo fundado al inicio de la década de los ‘80. Será ese mismo espacio el que una década más tarde revalidará al videoclip ya no como un simple producto de marketing y difusión, sino también como un producto artístico y autoral. La simple incorporación del nombre de un director en los créditos televisivos será el gesto preciso que marcará esa nueva comprensión.

Ahora bien, mientras los espacios de validación existan la idea de una obra se mantiene regulada por cierta estabilidad. Lo interesante surge cuando ese espacio de validación se fractura, cuando la obra se desplaza y se vuelve huérfana de ese lugar que antes la acogía: quizás ése sea el gran punto de inflexión actual del videoclip. Hace ya un tiempo los canales musicales de relevancia dan la espalda a su propuesta de canales netamente musicales, cargando las parrillas con otros contenidos. Las obras deben lentamente emigrar y buscar un lugar para resituarse. El conducto natural las lleva a las nuevas plataformas de exhibición web por todos conocidas y lideradas por YouTube. Entre el encuentro de las obras y estas plataformas se produce la constitución de un nuevo espacio que presenta diferencias radicales y marca un cuestionamiento profundo al videoclip en su calidad de obra.


Ignacio Rojas, compañero de Murray en la productora El buen tiempo

La primera interrogante frente a este nuevo espacio es respecto al tipo de diálogo que se genera entre los productos audiovisuales que lo componen, y para ello es necesario identificar al menos dos esferas. La primera es una esfera cotidiana y doméstica, liderada por personas corriente que a través de sus propios medios de registro crean una pieza audiovisual y la difunden. Por otra parte, está la esfera “profesional”, liderada por realizadores que generan obras audiovisuales para la difusión de músicos o las necesidades de cierta industria musical. Sin embargo, esta división que suena lógica en su exposición racional, en la realidad es cada vez más arcaica. La convivencia y colisión constante de estas dos esferas lo único que ha hecho es desdibujar la posibilidad de ese límite y de esa frontera.

La “esfera cotidiana” hace una década tenía sus propios medios de registro, que por muy tecnológicos que fueran jamás serían equiparables a la calidad de las técnicas de registro de la “esfera profesional”. Entonces, la pura imagen ya era una frontera, y los espacios de validación de cada uno eran claros: el televisor del living con un reproductor contra la señal internacional de exhibición. El asunto es que ninguno de estos dos aspectos tiene real vigencia, menos en el ámbito nacional, y algunos síntomas son claros. La aparición del término “video oficial” o, más contemporáneo aún, “video no oficial”, es una terminología usada para intentar forzar gramáticamente una frontera cada vez más tenue, ya que las obras como tal ya no son capaces de sustentarla por sí mismas. Estas dimensiones se encuentran, se fracturan, se cruzan y, quizás lo más interesante, a ratos comienzan a nutrirse e imitarse. Videos hechos en casa que juegan a lograr la hipercalidad, y videos profesionales que intentan replicar la atmósfera hipernaturalista de un video casero. Lo que antes era un diálogo entre dos tipos de piezas audiovisuales a kilómetros de distancia, hoy convive en un mismo espacio de validación, de revalidación y, a ratos, de desvalidación. Con esto una serie de términos de lugar común entran en crisis. De paso el autor y la obra.

Recuerdo una tarde en que estábamos con Ignacio Rojas en una terraza pensando qué hacer para el videoclip “Gran Santiago” de Teleradio Donoso. Queríamos que fuera íntimo, casero y ligero de producir. La interrogante duro días: cómo hacer que un video grabado con una cámara casera, que emulaba el registro cotidiano y que se iba a exhibir por Youtube, no se disolviera con los miles del videos subidos por grupos de amigos que se van a la playa y luego le ponen música a sus momentos para recordarse con ánimos nostálgicos. Queríamos que lo fuera pero no lo fuera del todo. Teníamos que, en cierta forma, lograr la obra. Este año nos ocurrió lo mismo. Para nuestro último video, hecho para Sensorama 19-81, queríamos hacer un registro del interesante fenómeno turístico de Chernobyl. Un pequeño comentario a aquella necesidad de registro a la catástrofe desde una mirada subjetiva. Para ello contratamos un tour algo clandestino y partimos con el resto de los turistas y nuestras dos cámaras. Durante todo el viaje la pregunta era la misma: cómo diferenciarnos de los otros ocho videos que en ese mismo tiempo grababan los turistas con cámaras igual o mejores que las de nosotros, entendiendo que además su espacio de deambulación sería el mismo. De esta forma, cada cierto tiempo la pregunta vuelve a surgir y cada vez con más frecuencia.

Durante estos años alguna de esas búsquedas fueran alcanzadas, otras no tanto, pero las conclusiones a esas interrogantes han sido refrescantes. Todas las divagaciones conducían a cómo defender el autor y la obra en espacios desdibujados que parecieran atentar contra ellos. Pero uno se da cuenta que más que un atentado es una noble y necesaria exigencia del entorno. Hoy en día ya no hay sistemas de protección gratuitos para el autor y la obra en el videoclip. Antes, autor podía ser quien asegura un mínimo de calidad visual. Antes, obra era la que lograba penetrar en un espacio de validación televisiva y desde ahí defenderse como tal. En los tiempos actuales, cuando cada vez quedan menos de esas protecciones para el autor y la obra, el camino es agudizar las genuinas armas de combate y diferenciación: el relato, el lenguaje, la idea y la reflexión. En ese sentido no es la disolución del autor ni de la obra, sino la exigencia para volver a fundarla con más fuerza. Desde ese lugar surge la urgencia y la motivación para ir lentamente perfeccionando la marcha. Es un buen tiempo para realizar.

Christopher Murray (1985) es director audiovisual de la Universidad Católica de Chile. Junto a Ignacio Rojas creó la productora El Buen Tiempo, con la que han realizado videoclips para los grupos nacionales Teleradio Donoso, Leo Quinteros, Gepe y Sensorama 19-81, entre otros. “Manuel de Ribera”, su primer largometraje (codirigido con Pablo Carrera), fue ganador de la Competencia de Cine Chileno en la última versión del Santiago Festival Internacional de Cine (SANFIC).

“El cliente” – Sensorama 19-81, por El buen tiempo