Durante toda esta semana, Super 45 comenta lo mejor del ciclo “Armonías, música y audiovisual” del 16º Festival Internacional de Cine de Valdivia

El francés Siegfried se ha convertido en un personaje en esta 16ª edición del Festival Internacional de Cine de Valdivia. Reconocible de inmediato por su look tipo Manu Chao, con el pelo largo y rubio sostenido por un turbante y su ropa de viajero errante, como una suerte de Arthur Rimbaud, tras internarse en el desierto. Su estilo de vida sale de lo común.

Le Sig, como se hace apodar, viaja por todo el mundo (en sentido literal y dando la vuelta) capturando imágenes de personas: rostros y miradas de niños, mujeres, ancianos y hombres. “Soy un adicto, no puedo dejar la cámara descansar”, comenta en un castellano marcado por el acento galo. Tiene un largometraje de ficción que se desarrolla en 17 países entre Europa, África, Asia y América, y, en la muestra Armonías, música y audiovisual, proyecta su serie Kinogamma, compuesta de 2 películas.

Además de personas, Siegfried capta paisajes, ciudades, cielos, aviones, metros, en una sucesión frenética de situaciones ritmadas por la música que el mismo compone, o extrae de compositores como Debussy y Shostakovich. Kinogamma 1 (East) retrata la ex Unión Soviética de una forma actual y urgente, aunque sin las pretensiones de un documental histórico-narrativo.

Entre la nieve, Moscú, Estonia, conservatorios, aeropuertos y trenes, Le Sig realiza un montaje impresionista, de mucha luz, como una sucesión de imágenes con una riqueza fotográfica intensa, que se articulan gracias a la melodía. Siegfried rehuye hablar al respecto. En el panel de Cine Experimental realizado en el Sky Bar del hotel Dreams, junto a personajes como el realizador norteamericano Scott Stark, el Sig declara: “Todo lo que tengo que decir lo dicen mis películas, están pasando una en este momento, los invito a verla”. Y se va de la sala.

En las dos Kinogamma, el espectador viaja con Siegfried, imbuyéndose de las sensaciones (auditivas y visuales) que provoca el estar en un elemento extraño y desconocido. En el segundo episodio, Far East, la audiencia traspasa las fronteras para internarse en un universo cada vez más lejano (en atuendos, costumbres, cultura y raíces), aunque sin una pretensión antropológica o explicativa que no sea la de captar la fuerza de una imagen inmediata.

A veces grabadas en un par de meses, las cintas de Sig son el reflejo de sus aventuras junto a su cámara, internándose en la geografía humana y natural del planeta. Sentados a la mesa, en el local Haussman de crudos y cerveza, el Sig anota los teléfonos de los comensales. Tiene ganas de grabar a niños en el norte de Chile. Muestra dos abultados bolsillos y declara: “Esta es mi vida”.

VIDEO: Kinogamma 2

De estas verdaderas bolsas marsupiales extrae puñados de papeles: tarjetas, boletos de avión, direcciones de conocidos en alguno de los tantos países que ha recorrido (desde el Nepal hasta Burkina Faso), papelillos, poemas, recuerdos… Un artista errante, Siegfried no sabe nunca donde estará después, aunque su improvisación de la vida la hace de manera seria y calculada, coordinando posibilidades de acción.

Kinogamma 2 se aleja y se aleja cada vez más, hasta llegar a los cantos cacofónicos y ensordecedores de las mezquitas, que se exponen como un ruido gutural y primigenio, y los campos de colores de la Mongolia profunda. Serio y prolijo en su desorden, el Sig posee un ojo como pocos y una sensibilidad musical virtuosa. Desbordante de talento, es un personaje de gran luminosidad. Un loco, ok, pero un loco lindo, como dicen.