Fotos: Rodrigo Ferrari
Videos: Ignacio Mardones

Anoche hubo dos públicos en el Normandie. Indistinguibles, se abanican con lo que pueden, aplauden -unos más entusiastas que otros- a esa carismática superestrella en desarrollo que es Javiera Mena y despejan los pasillos ante las órdenes de Araya himself. Hasta ahí, es un grupo heterogéneo que espera. Es cuando aparece ese sujeto con pinta de nerd atemporal, caminando larguirucho en el escenario, que el público se divide invisible. Los menos, son esos que estuvieron en ese mismo teatro el 2007. Lo más, son los que ven por primera vez a este virtuoso del pop y a estas alturas marca registrada que es Erlend Øye. Ambos grupos observan.

Para los que no lo habían visto antes, es difícil que no hayan caído rendidos ante la simpatía de Erlend, con su presencia escénica, en apariencia un poco torpe, con su voz privilegiada y con su interacción constante con el público. Para no creérsela, el colorín cuenta tallas y pide canciones, se pasea por la audiencia, hace en “A place in my heart” un dúo adorable con Javiera -en lo que debiera ser el punto más alto del show- y para más remate, después de calificar de fome a la audiencia, los acerca a todos al escenario para terminar el show bailando extasiado como el adolescente gigante que es.

En su repertorio, hay algo para cada uno: Kings of Convenience, The Whitest Boy Alive y un poco de trabajo solista como Øye a secas. Pero hay más: covers de Big Star, Nico y The Smiths y secuencias de Erlend reflexionando, tocando piano y sonriendo con esa cara que es capaz de echarse a cientos de personas en el bolsillo. Poco importa que a Erlend no pudiera sacársele fotos y que en una autorreferencia juguetona declare que es tanto mejor “dance with you” que pedirle autógrafos. El público sale con sonrisas en las caras y la sensación que es un tipazo como pocos.

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Muchos de los que estuvieron el 2007 no salieron tan contentos. Vieron a un músico que se sabe demasiado solo en un escenario gigante y se desenvuelve con una pose de popstar consumado. Que hizo del show una jugarreta, algo que se le perdona simplemente porque queremos tanto a Erlend. Que no se supiera sus propias canciones, que tocara pasado de revoluciones o que pidieran canciones al voleo le dio al recital a un aire que solo puede resumirse en dos palabras que jamás deben decirse en voz alta: “café concert”.

Y como todo popstar, el noruego sabe que ganarse a la audiencia es la clave. Porque Erlend no viene a mostrar su arte -piense el mismo formato de hombre y guitarra, y cámbiese a Øye por José González- sino que hacer un espectáculo. Si puede aumentar la intensidad con covers, lo va hacer aunque tenga repertorio de sobra. Erlend ocupa lo que tiene a la mano: no va ponerle Chile a su hijo, pero le parece buena idea que noruegos se vengan a vivir a nuestro país y cuenta que los chilenos en esas tierras escandinavas son “respected members of society”.

Porque Øye, al igual que la vez anterior, demanda amor y busca ansiosamente complacer a la audiencia. “I rather dance with you” se transforma en acto de adoración de masas hacia alguien que es infotografiable y que para decepción de la audiencia, no conmueve. Salvo con la sentidas versiones de “I don´t know what I can save you from” o “Homesick,” donde baja las revoluciones y simplemente le pone empeño, lo de Øye ayer pareció una pasada de gato por libre. Que eso haya sido ameno es otra cosa.