Es difícil llegar del Glastonbury Festival (es mi segunda vez) y no caer rápidamente en las cursilerías. Porque así es como llaman algunos a esas verdades que cuesta confesar por pudor. Ayer en la noche terminó la cuadragésima edición del festival musical -de este género- más antiguo y vigente del mundo.

Y no lo digo yo. Fue el mismísimo Wayne Coyne (vocalista de los Flaming Lips) quien en una de sus locuciones antes de alguno de sus himnos, dijo que los festivales musicales contemporáneos eran, de una u otra manera, un copia feliz o no, de lo que se vivía en Glastonbury. Una verdadera fiesta en comunidad, donde por algo más de 4 días, 180mil personas son capaces de crear y habitar una verdadera ciudad (la tercera más poblada del sudoeste ingles, aunque sea por una semana) en completa armonía, respeto y ganas de disfrutar.

Así fue la fiesta en Worthy Farm. Acompañado por un buen tiempo inédito en la historia de Glastonbury, acostumbrado a los barriales. Sin embargo, éste ha sido reconocido como el más caluroso de su historia, quienes llevaron botas e impermeables, no tuvieron oportunidad de lucirlos, de la misma manera que los stands rápidamente cambiaban sus ofertas para combatir la lluvia, por los anteojos de sol y los bloqueadores.

Más de 500 bandas se dieron cita en los más de 12 escenarios y entretuvieron a los asistentes, mañana, tarde, noche y madrugada, conviertiendo a este -según aporta la crítica especializada- en uno de los mejores espectáculos que haya organizado Michael Eavis.

Los días miércoles y jueves, sirvieron para instalar la carpa (sabia decisión, porque los 177.500 tickets vendidos anunciaban que encontrar un buen espacio no sería bueno) y conocer parte de las varias hectáreas que componen la granja. Aprovechar las vistas que ofrecen los cerros, degustar las mil cosas que hay para comer e ir haciéndose la idea de cuánto demora uno en ir de un escenario a otro, rutina que se repetiría constantemente durante el fin de semana. Junto a eso, habían algunos números musicales que incluían una presentación en vivo de Boy George y otros, así como la proyección de películas en una carpa/cine donde vimos el recientemente estrenado documental When You’re Strange: A Film About The Doors.

El viernes, se dieron inicio a las actuaciones musicales. Pasaron frente a nosotros The Magic Numbers, Femi Kuti, Tegan & Sara, The Courtneers, Phoenix, Hot Chip, Aeroplane y The Big Pink, siendo los high lights de esa primera jornada las actuaciones de unos increíbles Tune-Yards que no dejaron indiferentes a nadie con su estilo y la prodigiosa voz de Merrill Garbus, Snoop Dogg, que terminó por sepultar el prejuicio de que el rap y el hip-hop no son bienvenidos en Glastonbury. Apenas sí cabía un alma en el escenario principal del Festival, que cayó rendido ante el motherfucking P-I-M-P (video), así como la estesante espera por saber quién se presentaría en el escenario de The Park como Special Guest, actuaciones sorpresa que sólo son develadas cuando estás ahí, asumiendo el riesgo. Nosotros lo corrimos y todo valió la pena cuando vimos salir a Thom Yorke quien tocó algunas canciones de The Eraser, para luego unírsele Jonny Greenwood, con quien interpretó varios éxitos de Radiohead. La entrada estaba pagada con sólo esa aparición, pero el día aun no se acaba y fuimos testigos de uno de los grandes shows del Festival: The Flaming Lips llenó de magia el Other Stage y transformó la velada en una experiencia tan lisérgica como emotiva. Un día 1 perfecto.

El segundo día nos trajo a Two Door Cinema Club, Here We Go Magic, The Phenomenal Handclap Band, Imogen Heap, Strange Boys, The National, The Cribs, Os Mutantes, dejando como los destacados del día la excelente presentación del trío Beach House y los prendidísimos de Scissor Sisters (que tuvieron como invitada a Kylie Minogue) y los Pet Shop Boys quienes repitieron al pie de la letra su show del Pandemonium Tour que los trajo a Chile. Así y todo, un espectáculo de esa calidad siempre se agradece.

Finalmente el domingo, día del cierre y pudimos ver a The Bees, The Hold Steady, These New Puritans, The Drums, Gang of Four, MGMT, Hudson Mohawke, Grizzly Bear, Empire of the Sun y LCD Soundsystem. Teniendo como las mejores presentaciones del día a los Dizraeli and the Small Gods, banda que ganó su cupo en el Festival a través del concurso de sonidos emergentes que hace anualmente Glastonbury, seguramente, una banda que dará qué hablar con su particular hip-hop poético y combativo y los arreglos musicales muy a los Dave Mathew Band. Luego Holy Fuck, simplemente notables, presentación estridente y redonda que sólo cosechó aplausos y que se van transformando en uno de los preferidos del John Peel Stage.

Párrafo aparte merece el espectáculo final del Festival. Un show simplemente perfecto, de un artista que viene de vuelta. Que no tiene nada que probar, que no necesita vender sus últimos discos, que no teme entregarle al público lo que quiere, una fiesta. Stevie Wonder fue el culpable de una de las noches más memorables en la historia de Glastonbury, con un set que recorrió practicamente toda su discografía en poco más de hora y media. Nadie sabe cómo lo hizo, pero si faltaron canciones, nadie puede haber quedado con gusto a poco. Wonder no sólo es un eximio intérprete sino también un showman que a pesar de sus limitancias (es ciego, recordarán) no tiene problemas para meterse a una audiencia multitudinaria al bolsillo y manejarla como si realmente viera todo lo que sucedía a sus pies. Un público absolutamente enfervorizado, que coreó y bailó cada una de sus canciones, rió con sus chistes y -por qué no decirlo- lloró en la despedida.

Asistimos a un verdadero aniversario. Un festival que destaca por su organización. Donde cada detalle está pensado para quien asiste. Donde la fraternidad llega a ser ridículamente sorprendente. Donde nadie teme preguntarte cómo lo has pasado, qué bandas has visto y (tras notar el acento foráneo) de dónde eres y por qué estás ahí. Jóvenes que recién terminan el año escolar o universitario, comparten con guaguas de meses de existencia, profesionales jóvenes que se toman un fin de semana para acampar, prender una fogata y cocinar, y con gente de edad, que no teme mostrar el espíritu joven que hay que tener para ir a Glastonbury y sentarse con más de 60 años a ver a Snoop Dog o Slash.

Sin duda, el mejor festival del mundo. Digan lo que digan. Acá algunas fotos, de autoría (casi todas) de Estefanía Trisotti.