El tres de abril de 1961, Chile se paralizó. El avión que transportaba a gran parte del plantel de Green Cross desapareció de los radares cuando cruzaba la Séptima Región luego de disputar un encuentro contra Osorno en el marco de la Copa Chile de ese año. El equipo, cuyo primer campeonato nacional fue conseguido en 1945, fue uno de los ocho fundadores de la Liga Profesional de Fútbol, organización que posteriormente daría origen a la Primera División Chilena. Ocho días después, fueron hallados restos del fuselaje en cordón montañoso del Nevado de Longaví. Por como fueron encontradas las piezas se pudo determinar que luego de la colisión, el avión comenzó a incendiarse, presumiendo la muerte instantánea de cada uno de los tripulantes. La tragedia de Green Cross desataba la solidaridad de toda Sudámerica y convertía a los desafortunados deportistas, dirigentes y entrenadores en mártires de la profesión.

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El veinte de octubre de 1977, Lynyrd Skynyrd se encontraban en el Aeropuerto de Greenville, próximos a partir hacia un nuevo destino en la gira de promoción de su quinto disco Street survivors, lanzado solo tres días antes. “Sólo sé que si ha llegado el momento de marcharse, ha llegado, así que…”, Ronnie Van Zant, vocalista, dijo en innumerables ocasiones que no sobrepasaría los 30, por lo que no tuvo complicaciones al momento de lanzar aquella famosa frase ante las insistencias de sus compañeros sobre cambiar el roñoso avión Convair que los transportaba por todo Estados Unidos. Poco antes, este había sido rechazado por Aerosmith, por lo que definitivamente no era un vehículo digno de las más grandes estrellas del momento. El manager, Dan Kilpatrik, los hermanos, guitarristas y coristas, Steve y Cassie Gaines y el propio Van Zant fallecieron momentos después cerca de Gillsburg, Mississippi, lugar en donde se estrelló el viejo avión. Lynyrd Skynyrd cruzaba al terreno de la inmortalidad justo en su momento dorado.

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El veinte de julio de 2003, Adam Cox, Jeremy Gage, Matt Fitzgerald y Terry Six-cuatro veinteañeros obsesionados con el viejo oficio de fabricar canciones y el power pop de los setentas- regresaban a sus casas en Portland por la carretera, luego de tocar en San Francisco, agrupados bajo el nombre de The Exploding Hearts. Su primer disco Guitar romantic había sido lanzado tres meses atrás, recogiendo la aprobación de los críticos y la admiración y fervor de un público que estaba receptivo ante este tipo propuestas de rock and roll esencial, gracias al fenómeno que armaron en conjunto bandas como The Strokes, The White Stripes, The Libertines o The Hives a comienzos de la década pasada. Mientras estos últimos se alzaban rápidamente como estrellas de rock sufriendo todo clase de clichés tormentosos que ese estatus acarrea, los Exploding Hearts se mantenían genuinamente en lo suyo, algo que venían puliendo quitados de bulla desde el 2000.

Estudiosos, seleccionaban con pinzas que cosas recogían de sus influencias para configurar el sonido propio. The Undertones, The Soft Boys, The Buzzcocks , The Only Ones, las estructuras del country y todos los compilados Nuggets del mundo se mezclaban sucios y a todo volumen, generado un sonido particularmente crudo y melódico, moldeado a la perfección en éxitos inmediatos como “Modern Kicks” o la gamberra  declaración de amor primerizo, “I’m a Pretender”, todas con la cualidad de parecer canciones que ya hemos escuchado mil veces, pero que siguen siendo tan recordables, empáticas y honestas que no te cansan nunca. Hacer parecer esto fácil, es sin duda una gran demostración de talento.

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Con el tiempo, Guitar romantic no ha hecho más que crecer, siendo considerado por varios medios y personas corrientes como uno de los mejores discos que se editó ese año y en todos los dosmiles. Un clásico que al parecer siempre pretendió serlo en todos sus frentes, con Rickebackers al aire, portada en rosado con amarillo y fotos granuladas en blanco y negro de una banda joven, que se mantendrá por siempre así.

De vuelta por la carretera, Fitzgerald se durmió al volante, perdiendo el control de la van cerca de Oregon. Solo Terry Six y la manager Rachell Ramos salvaron con vida. Tenían entre 20 y 23 años y un show en vivo del que aún se habla. En ese mismo instante la banda dejó de existir y de un momento a otro pasaron a ser parte del selecto grupo de personas de todas las disciplinas que sin mucha explicación congelan su momento de gloria para siempre. Desde deportistas nacionales hasta héroes estadounidenses, pasando por un cuarteto de cabros chicos punk rockers.