En 1987, con el mundo a sus pies, The Cure editaron la obra más encantadoramente excesiva de su catálogo. Un trabajo que el tiempo ha puesto en su lugar y merece ser escuchado de vez en cuando para perderse en cada uno de sus rincones.

A mediados de los 80, The Cure ya eran de frentón el vehículo destinado para explorar las obsesiones del cantante, guitarrista y compositor Robert Smith. Luego del período de transición que siguió a la debacle post gira de Pornography (Fiction, 1982), el líder indiscutido logró reunir a la alineación más sólida en la historia de la banda: Con Porl Thompson en guitarra, Simon Gallup al bajo, Boris Williams en batería y el entrañable Laurence “Lol” Tolhurst en teclados, Smith ya había coqueteado con el mainstream sin perder la integridad con esa perfecta mixtura de tristeza y luminosidad pop llamada The Head On The Door (Fiction, 1985), que los llevó a ser conocidos en todo el mundo, engendró uno de los discos recopilatorios más vendidos de la historia (Standing On A Beach – The Singles, editado por Fiction en 1986) y los embarcó en una gira con localidades agotadas en Estados Unidos y Europa.

Sin embargo, cuando muchos esperaban una continuación de los éxitos ya cosechados, el nuevo disco fue, por decir lo menos, desconcertante. 17 canciones en un vinilo doble con más de 70 minutos de música, en donde el tema principal es el amor en todos sus aspectos, desde lo más cándido y ensoñador al frenesí erótico y las consecuencias de una relación que acaba de la peor manera, revestidas con sonoridades que crean atmósferas tan dulces como retorcidas e inquietantes.

A diferencia del anterior The Head On The Door, compuesto enteramente por Smith, acá todos los integrantes del grupo aportaron con ideas, lo que dio como resultado una placa tan variada que se siente como dos discos diferentes intercalados entre sí: Prácticamente todo el minutaje transcurre entre una canción densa y oscura (La inicial “The kiss”, “Like cockatoos”, “The snakepit”, las sonoridades orientales de “If only tonight we could sleep”), dulces momentos melódicos cercanos a la perfección (ahí queda la sublime “Just like heaven”, “Catch” o “The perfect girl”), los singles rompe-pistas para enganchar a los no iniciados (“Hot Hot Hot!!!” o la infaltable “Why can’t I be you?”, para más señas), e incluso estallidos de violencia como “Fight” o “Shiver and shake”, en donde queda la duda sobre si Smith le canta a un mal amor o si derechamente se refiere a su amigo Lol Tolhurst, cuyo alcoholismo hacía cada vez más difícil la convivencia, al punto de hacer insólitas denuncias de bullying: Acusó a sus compañeros de someterlo a tormentos que iban desde burlas constantes hasta introducirle abejas y escorpiones en la ropa. Smith desmintió siempre estas acusaciones, y fue relegando el papel de Tolhurst a un simple renglón en los créditos hasta pedirle –por su bien- que renunciara mientras Roger O’Donnell ya se hacía cargo de los teclados.

Turbulenta y deliciosa a partes iguales, esta placa en su momento dejó a propios y extraños con un gran signo de interpretación sobre sus cabezas. Pero una vez más, el tiempo logró que el triple beso conservara el lugar que merece dentro de la obra de The Cure. Alguien decía hace años que los discos más valiosos son aquellos que no entran a la primera, sino que requieren varias escuchas para crecer y permitirnos descubrir cada uno de sus detalles. Es así como se va armando el puzzle de este trabajo que incluye el espectro completo de los sonidos y la imaginería lírica surgidas de la mente de Robert Smith. De hecho, si nos preguntan por el disco ideal para saber de qué hablamos cuando hablamos de The Cure, no es descabellado recomendar Kiss me, Kiss me, Kiss me en lugar del más consensuado -y también enorme- Disintegration. De seguro, esa persona lo agradecerá.