Fotos por Alvaro Guerra.

Casi con puntualidad, la enorme figura de Nels Cline se plantó de lleno sobre las tablas de un Teatro Oriente (recién en uso luego de los eventos sismológicos que todos conocemos), para brindar un show sin concesiones de ningún tipo, pues lo que hizo en el escenario del clásico recinto de Providencia al mando de The Nels Cline Singers, fue una lección de cómo deconstruir los estilos desde los márgenes del extremismo musical.

Antes de ir a lo suyo, el guitarrista oriundo de Los Angeles, California, pidió ayuda a su tour manager de origen peruano que le tradujera algunas palabras iniciales para advertir al respetable que la jornada no iba a ser un show de pop, desmentir rumores vertidos por un periódico nacional sobre la venida de Wilco y, de paso, saludar a próceres chilenos como Pablo Neruda y Víctor Jara, casi como para que no nos fuéramos a casa con la idea de estar frente a otro turista gringo despistado.


Con sus camaradas Trevor Dunn, en el bajo, y Scott Amendola en la batería abrieron sonido con una obertura en clave ambiental, que se vio un tanto opacada por fallas técnicas que se fueron compensando a medida que avanzaban en su faena, para luego atacar una primera parte del show dominado por el hard bop, el free-jazz y el ruidismo.

Cline las oficiaba de perfecto maestro de ceremonia, ya fuera dando indicaciones estructurales a sus músicos, ya fuera manipulando efectos y pedales. Con su completo y complejo dominio de la guitarra, que delatan los más de treinta años que lleva en el oficio, no es exagerado plantear que parecía condensar los mejores vicios de diferentes personajes que han hecho de las seis cuerdas un vehículo de expresión particular: podía ser el Bill Frisell más fiero cuando se iba directo al grano del jazz, el Lee Ranaldo en máximo estado de ebullición cuando la idea era desmadrarse, el Wes Montgomery misterioso y sutil cuando era necesario diseccionar el blues o el Fred Frith profundo y abstracto cuando se abrían camino a la exploración.

Más allá de analizar el nutrido curriculum de su base rítmica, podemos decir que los músicos que lo secundaban contagiaron espíritu y versatilidad. Trevor Dunn, venciendo los baches sonoros iniciales que lo afectaron directamente, destacó como el gran músico que es. Flexible y versátil se entregó con aplicación a las exigencias del jazz, pero brilló especialmente cuando en la segunda parte del show el combo indagó en estructuras más cercanas al rock -impagables sus líneas de bajo en los momentos más ambient e incluso cuando, casi por un pelo, cruzaban la frontera del punk y el postrock-. Por su parte Scott Amendola, a estas alturas colaborador habitual de Cline, fue como una celebración de la batería. Ducho en el oficio de la complejidad rítmica y la contundencia, entregaba delicadeza cuando se le pedía, experimentaba percutiendo con baquetas de variado calibre (incluso finas varillas metálicas), investigaba un platillo perfectamente jodido y machacado sobre sus tambores y manipulaba maquinas electrónicas para crear ambientes animalistas.

Ya para los tres cuartos de final del set, se incorporó Yuka Honda (de Cibo Matto) que entregó cortinas de teclado que brillaron especialmente en un intenso final de jazz psicodélico (a la Miles Davis etapa Bitches Brew), en el que hasta intervino hasta el tour manager peruano ya mencionado con unos acertados shakers. De ahí un bis dedicado a un amigo “que ya no está en el planeta” de título ‘Something About David H’, y los músicos abandonaron el escenario después de alrededor de hora y media de show, en medio de un rabioso aplauso de pie del respetable.

Ya con las luces encendidas del Teatro Oriente, fue curioso darse cuenta de lo variopinto del público asistente, desde fans de Fantomas, hasta maduros jefes de hogar adictos al jazz que habían llevado a toda su familia, pasando por talibanes de la vanguardia e indie rockers. Entre ellos se pudo divisar por ahí algún fan de Wilco que, silencioso, ocultaba una copia de Yankee Hotel Foxtrot en su mochila. Después de semejante despliegue instrumental y sonoro ya no le quedaba moral para ir por un autógrafo. Gran noche.