Lo de Yann Tiersen en el Teatro Nescafé de las Artes, el pasado viernes por la noche, para muchos no tuvo nombre. Que dónde estaban Amélie Poulain y las piezas minimalistas, pensarían varios de los asistentes. Muchos de ellos, de todas las edades, desde abuelos hasta niños. Todos confrontados a una pared sónica, al asalto armado del ruido de una fender jazzmaster (la guitarra de My Bloody Valentine), acaso el instrumento más usado por Tiersen en su repertorio, apoyado por su banda (guitarra ¿una Gibson SG?, un tecladista que alternaba sintes, ruidos de Moog y un cuatro minúsculo, bajo y batería).

El repertorio se basó en Dust Lane, el disco que Yann promete lanzar a fin de año, en un concierto hermoso, que alternó una muralla luminosa de ruido eléctrico y etéreo, con la oscuridad de pasajes que hacían más de un guiño a Slint y a Stravinsky. De hecho, la magnitud del asunto ponía los pelos de punta, con el sonido claro y fuerte del teatro, uno de los que tiene mejor acústica en el país. Desde power pop épico, hasta pasajes de post rock que evocaban a Mogwai y a Ennio Morricone, el francés brilló desde la primera nota hasta la última.

La verdad, resulta un agrado descubrir un disco en vivo antes de que se edite, sin conocerlo. Todo se vuelve una caja de sorpresas que te mantiene expectante, con una excitación curiosa de querer oír cómo sigue un tema. Al lado de Tiersen, su violín, que usó en algunas ocasiones (como en su tema-cábala Sur le fil, una suerte de amuleto que toca en todas y que le trae suerte), una melódica y una mesa con unas Ondes Martenot sicodélicas, que sonaban casi religiosas. En la misma mesa, pedales de efectos que nutrían la intensidad y la variedad de las guitarras, y en el suelo, un pedal de sampler y de delay para superponer distintas capas de sonido.

La energía y el tono del concierto lo sitúan dentro de los más memorables en Santiago dentro de este estilo de música, a guardar cariñosamente al lado del de Tortoise (1998), Yo La Tengo (2001), Mogwai (2001) y Calexico (¿2007?). Yann Tiersen tiene la capacidad de escribir piezas para una orquesta entera, y, sin embargo, la emplea en el rock, con un espíritu de equipo palpable junto a su banda en vivo. Es fácil entender porqué los inigualables The Dirty Three lo invitaron a tocar en la versión del All Tomorrow’s Parties que curaron, o porqué Matt Elliott se convirtió en su colaborador en vivo (una pena que no haya venido), y lo haya invitado a tocar en el próximo disco de The Third Eye Foundation, próximo a salir.

Si bien la escalada de una cierta moda dance en vivo (¿Midnight Juggernauts?) que está inflando los bolsillos de algunos productores y que es la alegría de un público eufórico (bien por ellos) pueda resultar un tanto deprimente para un talibán, conciertos como el de Yann Tiersen el pasado viernes hacen recordar porqué uno escribe de música y lo hace con entusiasmo. La catedral sónica de Tiersen es de las que hace volver a creer, y tener fe, y le recuerdan a uno de dónde viene. De Sebadoh, de Tortoise, de Shannon Wright, hasta de Prokofiev, o del Young Team, de cuando éste salió hace más de una década. No queda más que dar las gracias a la producción por una velada inolvidable. También pensar que, en la esencia, el espíritu de lo que Tiersen y su grupo interpretaron en el Nescafé de las Artes, es el mismo que inspiró sus discos anteriores, pero con una madurez nueva, como que todo cuajó y se diversificó con todo el aporte y el poder de su banda.

Chapeau bas, messieurs!