El silencio otorga. Tras siete años de silencio discográfico, Boards of Canada lanza Tomorrow’s harvest, quinto larga duración “oficial”, sin contar numerosos recopilatorios y proyectos paralelos.

“Gemini”, apertura del disco, es como tres puntos suspensivos en medio de la nada y provoca cierto miedo metafísico. Como el estreno del disco a fines de mayo, en el desierto de Mojave, en un parque acuático abandonado. Las filmaciones del evento muestran una casa rodante metálica y plateada, la gente, no mucha, está sentada al frente, seguramente esperan que salga Michael Sandison y Marcus Eoin, pero sólo emanan sonidos de unos altavoces, que viajan más allá de los tímpanos, el paisaje seco, quizá van dirigidos a las nubes perezosas y vagas.

Boards of Canada siempre ha tenido facilidad para surfear discos largos, y ésta no es la excepción, con diecisiete tracks sin segundos innecesarios. Esta nueva placa, cavernaria, subyugante, subliminal, se deja escuchar con facilidad hasta el final. En ese dejarse radica la fortaleza de su estética. Las claves de su sonido, no alteradas: una cadencia monótona, falta de prisa y dureza en el compás, siempre métrico, en función de tiempos prehistóricos, cruzados por sonidos esponjosos y armónicos, dispuestos siempre en un horizonte plano y continuo. El optimismo de las máquinas, la nostalgia de esas mismas máquinas, un sentido épico, terrible y resignado, aunque fácil de escuchar hasta el final, en el borde del chill-out y la retrovisión, clichés que ellos mismos adoctrinaron con astucia sin dejarse eclipsar.

Del placer confeso del Campfire headphase (2005) hasta Tomorrow’s harvest hay un salto casi abismal, un desafío de envergadura. Visto desde otro ángulo, este disco viene a ser todo el arco que abarca el rebote contra un límite flexible y poroso, aquel Music has the right to the children (1998), que imprimió frescura y dinamismo a finales de los noventa, sin desmerecer los recomendables Hi scores (1996) y Geogaddi (2002).

Esta dupla escocesa definió un espectro clave del sonido electrónico, de la transición de los 90s al nuevo siglo, con un piloto automático imperturbable y un motor infeccioso, alimentado con trip-hop, soul digital, hálitos robóticos kraftwerkianos y laberintos binarios a lo Autechre. Pero más amables: sin la voracidad de Aphex Twin, más amigos de la dispersión de Tortoise. Tal universo ha mutado notablemente en Tomorrow’s harvest, cuyo título sería irónico si no fuera por la seriedad con que se vuelven a instalarse en el presente.