Diez años después de Looks at the bird (Thrill Jockey, 2003), el regreso de Doug McCombs al frente de Brokeback parecía cada vez menos probable: Sus labores como miembro de Tortoise y Eleventh Dream Day, la renuncia de Noel Kuppersmith por un progresivo desencanto hacia la música, grabaciones improvisadas junto al guitarrista David Daniell y su reciente ingreso a The Sea And Cake reemplazando a Eric Claridge parecían entrampar cada vez más la aparición de un nuevo disco.

Sin embargo, a comienzos de 2010 McCombs junto a Pete Croke, James Elkington y Chris Hansen comenzó a dar forma a un nuevo repertorio. Gracias a un metódico sistema de ensayos y pulido de las composiciones en vivo, surgió un trabajo que sorprende a partir del primer acorde. Brokeback and The Black Rock nos muestra las ideas de un músico que se aleja de terrenos explorados previamente: En donde antes la experimentación llegaba a extremos alienantes, ahora hay una sonoridad expansiva que bebe de la abstracción del rock, country y folk, como una versión más cerebral de Calexico. Las interferencias electrónicas de antaño (sobre todo en Looks at the bird) han desaparecido a favor de una combinación más clásica de guitarras, bajo, batería y un ocasional órgano que mantienen la sencillez y el aire contemplativo que han sido señas de identidad características del proyecto.

La desértica gasolinera que ilustra la portada nos da una buena idea de lo que escucharemos en cuanto el disco empiece a girar: Los ocho temas instrumentales (sí, ya no hay voces invitadas ni tampoco versiones) desprenden ese aire a carreteras perdidas y hoteles a la orilla del camino, con los instrumentos en constante diálogo creando sutiles desarrollos que parecen ir en constante movimiento (la inicial ‘Will be arriving’) o bien crecen hasta culminar en orgías eléctricas (‘Don’t worry pigeon’). El espíritu de las clásicas bandas sonoras de Ennio Morricone para las películas de Sergio Leone sobrevuela a lo largo de todo el minutaje, si bien hay espacio para compases cercanos al tango (la sincopada ‘Who is Bozo Texino?’) o pasajes más introspectivos (la sombría ‘Gold!’), piezas que allanan el camino hasta la final ‘Colossus of roads’, mezcla de grandiosidad e introspección que se desintegra lentamente hasta que unas sutiles notas de guitarra acústica tintinean en nuestros oídos a modo de despedida.

Esta distancia respecto al aislacionismo de los primeros años de Brokeback ha generado algo de alarma y varias cejas arqueadas, relegando el nuevo disco a la categoría de “convencional”. Pero ¿no es saludable dejar de lado –al menos por un tiempo- la experimentación sesuda y simplemente disfrutar de un enfoque diferente? Puede que la intención original de investigar las posibilidades sonoras del bajo Fender de seis cuerdas haya perdido prioridad, aún así Brokeback and The Black Rock merece ser escuchado y valorado por su honestidad e intensidad, cualidades que últimamente cuesta encontrar en medio de tanta pose impostada.