Mucho hay de injusticia, pero poco de mentira cuando se circunscribe la carrera de Television a su primer álbum. Sólo basta revisar una discografía que sólo anota dos títulos más: uno que fue continuación desangelada y otro, un divertimento entre viejos amigos. Sumémoslo 20 años de discontinuas reuniones en vivo para homenajear al susodicho y no perdemos mucho con el reduccionismo periodístico. Sí, señor, Marquee moon es el inicio, pináculo y (casi) fin de la carrera de Television. Usted y yo disfrutamos de Adventure (Elektra, 1978) y su disco homónimo (Capitol, 1992) y lo defenderíamos ante cualquier ataque injustificado. Pero bien sabemos que nuestro amor viene de esas ocho canciones, la icónica portada de Robert Mapplethorpe y esas maravillosas sinfonías a base de guitarras post-punk. ¿Dije sinfonía? ¿Y además post-punk? Habrá que aclarar un par de cosas al ceño siempre fruncido de Tom Verlaine.

Lo segundo es más simple porque Tom asentirá y seguirá afinando una de sus guitarras a espaldas (y expensas) de su audiencia. Cuando el año 1977 reemplazó a apellidos dignos como Crosby, Stevens y Taylor por bellezas como Rotten, Sioux y Vicious, a algún sesudo se le ocurrió unir en el mismo saco a los sonidos nuevos de ambos lados del océano. Entonces eran “punks” The Damned, The Sex Pistols y Buzzcocks, pero también (haciéndose un espacio en el saco del lugar común) Talking Heads, Ramones, Modern Lovers, Patti Smith e incluso Blondie, si me apuran. Eso olvidaba un par de cosas: primero, la producción anterior a ese año de varias de aquellas bandas (Horses, The Modern Lovers, Ramones); y, segundo, a un tipo y su guitarra. Hablamos de Johnny Ramone, que bien se la hubiese lanzado encima de quienes le impidieron el éxito a su banda cuando su single tuvo la desgracia de llamarse “Sheena is a punk rocker” en pleno temor social por los de crestas. ¿Me estoy desviando, Tom? Lo sé, pero tú afina la guitarra, que aún hay tiempo.

Uno que utilizaba el instrumento con fines más artísticos (respeto eterno para la motosierra Ramone, valga decir) era Tom Miller, luego Verlaine, que desde 1973 desarrolló el combo que debutó discográficamente EN EL AÑO AQUEL. Primero con un bajista con demasiadas inquietudes llamado Richard Hell y luego con la formación definitiva de Richard Lloyd, Billy Fica y Fred Smith. Con ese cuarteto instaurado y la residencia definitiva en el maloliente y mítico CBGB, Television se dedicó a pulir el repertorio que daría forma a Marque moon.

Si bien el single de adelanto “Little Johnny Jewel” en 1975 daba pista de las intenciones de Verlaine, Lloyd y compañía, pocos estaban preparados para la innovación sonora del disco debut. Que esas fantasías a base de guitarras tuvieran sitio en el lugar de germinación del punk neoyorquino poco incumbía a Televisión. Tipos mejor vestidos y más cultos que la fauna que tomó por asalto su boliche de ensayo. O sea lo de Verlaine es post-punk antes del punk. ¿No, Tom?

Uff, ahora vamos con lo de las sinfonías, mientras nuestra guitarrista amigo (no tanto, ya lo sé) toma otro de sus 5 minutos de pausa. El problema que les ponía Marquee moon a los detractores del onanismo instrumental, que odiaban el rock sinfónico y además habían creado una contracorriente (el punk, cretino); es que el debut de Television tenía bastante de todo aquello. Pero a la punk, si se quiere. Canciones de diez minutos como la titular del disco o de algunos menos, como ese pozo de melancolía al cierre llamado “Tom Curtain” se mezclaban con trallazos garage como “See no evil” y “Friction”. Pero, si las primeras enervaban a los chicos de crestas con sus entramados de guitarras a cargo de Verlaine y Lloyd (ambas solistas o rítmicas, según se quiera ver), las segundas tampoco la hacían simple con los cambios de ritmo cortesía de Ficca y Smith, junto a experimentos nada de ortodoxos entremedio (si no escuchar ese arreglo cercano al tango de “Venus”).

Claro, siempre Verlaine dijo que su inspiración venía más por el jazz (o el surf rock o cualquier otra cosa) y que lo del punk más bien era un contexto. Si a lo anterior le sumamos unas letras con tufillo a poesía maldita (por ahí lo del nombre artístico del bueno de Tom) nada de ortodoxia vemos en el horizonte. Como para evitar la visita, por si acaso, de Johnny Ramone y su guitarra letal.

Ahora es Tom el que nos espera impaciente en el escenario, reactivando su cara de pocos amigos. Ok, rápido, como el fin de la banda. Líos de drogas de Lloyd y las ganas de independizarse del vocalista, hicieron que el segundo disco fuera un bonito epitafio. Luego la reunión que decíamos hace 20 años y sólo giras de pequeño alcance en las décadas siguientes. Ya no está el mítico segundo guitarrista, que se fue amigablemente por problemas de salud y un funcional Jimmy Rip lo suple bastante bien en escena. La base rítmica sigue ajustada, el repertorio es de excepción (basado en AQUEL disco) y quién no quiere ver de cerca a quién se le debe buena parte de la música que te gusta.

Por mientras, Tom (que ya se cansó de esperar y maravilla en el escenario tal cual como hace 36 años) cuando puede habla de un disco a fin de año y que regresaron al estudio y que bla, bla, bla. Tu bien sabes que nada de eso es realmente necesario. No, por lo menos, cuando podrás oír en directo eso de caer en los brazos de la Venus de Milo. Belleza, que le dicen.