A veces, la pompa de un comunicado de prensa es inversamente proporcional a la calidad de la banda que promueve. Anécdotas increíbles, peripecias dignas del séptimo arte e historias de superación suelen ser el subterfugio con el que nos intentan pasar gato por liebre. Leer la biografía de Girls puede provocar, en los más suspicaces, la desconfianza suficiente como para mantenerse alejado de Album, su debut. Y no es para menos. En vez de hablarnos de música, lo primero que nos cuentan sobre estos norteamericanos es que Christopher Owens (el vocalista y líder) escapó de una secta y se internó en el mundo de las drogas, hasta que lo rescató un filántropo millonario.

La única relevancia de este pasado yace en el bagaje fílmico del cantante (supuestamente se le prohibía escuchar música, pero descubría bandas a través de filmes) y en su paso por el punk, luego de emanciparse. Hay cierta influencia de este background en la sonoridad de la placa, aunque –en cuanto a letras- las canciones del grupo mantienen un eje temático sencillo y casi ingenuo, que no parece acusar recibo de la tortuosa vida de su creador. De ser cierta esta acumulación de acontecimientos, parece que la impronta despreocupada del tándem posee propiedades terapéuticas para él, sobre todo si nos percatamos de otro dato: esta ópera prima fue compuesta después de un quiebre amoroso. Un tip que parece rosa, pero que adquiere importancia con el disco en la mano.

Independiente de los devaneos que documenta el papel, Owens y Chet ‘JR’ White -su silenciosa contraparte- confeccionaron un diseño de alto vuelto en credibilidad y sensatez. La repentina irrupción de Girls se debe a un largo que, con los ojos en el retrovisor, da cuenta de una pareja de amplia cultura pop y visceralidad a toda prueba. En Album, el ectoplasma de viejos vinilos vuelve a materializarse; hay tanto de Pet Sounds como de This Year’s Model, en un amasijo de influencias evidentes, pero asumidas sin culpa alguna y con absoluto desparpajo. La ironía y distancia, utilizadas por varios de sus contemporáneos, son reemplazadas por una entrega ciega hacia el modus operandi de antaño: no hay rastro alguno de rupturismo, sino el afán de tomar los antiguos cimientos y edificar a gusto.

Los datos duros corroboran el compromiso del dúo californiano. Su primer elepé no fue grabado en ningún estudio en particular, un detalle fácil de apreciar en momentos donde la baja fidelidad y un intenso hálito casero son la tónica. Esta autonomía es visible en los créditos de la placa, donde sólo unos pocos músicos figuran como invitados a la grabación, porque el grueso de los instrumentos fueron ejecutados por los hemisferios del grupo, quienes también tomaron todas y cada una de las fotos del arte del CD. Si de soberanía se trata, el trabajo a pulso realizado por ambas partes resulta encomiable, especialmente por mantener la preocupación enfocada en lo más importante: las canciones.

Cortes como “Laura”, “Hellhole ratrace”, “Darling” y “Lust for life” tienen tanta vida propia que no necesitan comunicados de prensa para salir del paso airosos y con la frente en alto. Album habla por sí solo y se defiende sin más armas que una estructura amigable, que establece una cercanía entrañable con el receptor. Owens es un hablante desdichado, pero la cortina que lo acompaña es resplandeciente y alegre; incluso cuando corteja al shoegaze, como ocurre en “Morning light”, las distorsiones se tornan luminosas. Porque Girls es relajo, estío y resaca vacacional. Puro ocio concentrado en tardes sin hacer nada, pero pensando en todo lo que a un post-adolescente con el corazón roto le puede importar. Esos asuntos que inspiran a los discos imprescindibles de una temporada. Como éste.

MP3: Girls – “Lust for life”

VIDEO: Girls – “Laura” (en vivo)