Comenzaremos diciendo algo injusto, pero cierto: el gran disco de Keren Ann sigue siendo Not going anywhere (Capitol Records, 2003) y nada hasta ahora le ha hecho peso. Es injusto decirlo porque su publicación coincidió con el boom internacional de la chanson francesa, un fenómeno que ella misma ayudó a hacer emerger con sus dos primeros discos, La biographie de Luka Philipsen (EMI, 2000) y La disparition (EMI, 2002) y que puso en el panorama internacional a maravillas menos mainstream que Emilie Simon como Dominique A, Coralie Clement, François Breut, Camille o Benjamin Biolay. ¿Recuerdan esas ediciones especiales de Rockdelux por allá por el 2005, o el éxito en Chile que ganó Holden, fichados después por Gitano Records? Un impacto tan importante como en los años ‘90 lo fuera St. Germain.

Pero la ola pasó y lo que parecía un grupo homogéneo de artistas se diversificó. Yann Tierson volvió a las guitarras, incluso incursionó en el canto, y otros se quedaron más que pegados, como Olivia Ruiz. Keren Ann, con una personalidad mucho más específica, incorporó su faceta bilingüe y publicó Nolita (EMI, 2004), un disco decepcionante no por falta de talento sino porque quedaba cojo, sin decidirse por tomar un nuevo rumbo o permanecer en la chanson trivial.

La placa que siguió en su carrera, el hermoso Keren Ann (EMI, 2007), fue el comienzo de una nueva etapa. Muy buenas melodías y delicados arreglos hacían de este disco un pequeño conjunto de excelentes temas, pero con mucho relleno. Aún así significó para Ann la suma de nuevas texturas, nuevas referencias y nuevos sonidos que la alejaban de la imagen canónica de la cantautora, ahora enriquecidas sus canciones con sintetizadores o percusiones, pero conservando su preocupación por las atmósferas y hacer de cada acorde un viaje de nostalgia hacia un lugar interior donde se fusiona la dulzura y la amargura. Suena poético y fanfarrón decirlo, pero no es gratuito, es ahí donde tiene su médula.

Volvemos a decir que es injusto señalar a Not going anywhere como lo mejor de su carrera, porque además es la carta con la que se dio a conocer y querer en el mundo. Es injusto porque 101 es una placa cuyo nivel es igual o más alto que aquella que le hace sombra, y porque ahora Keren Ann no forma parte de nada, labra un camino independiente y personal y es ahí donde da en el clavo hoy.

Sofisticada, con una voz versátil que va de los altos a los graves, cada estrofa abraza con calidez, pero dejando un halo nostálgico sembrado en cada movimiento. Tan sobrecogedora como en sus mejores momentos, Keren Ann ha ampliado los matices por los cuales su música se mueve: más pop en el single “My name is trouble”, en donde incluso se manda una coreografía de aquellas y le dice al mundo que pasó de ser una dulce francesita, a una femme fatale, y más psicodélica en “Sugar mama”, un verdadero revival sesentero.

A pesar de aventurarse a jugar con arreglos vocales y vestirse con ropajes nuevos, no ha dejado de componer esas entrañables canciones guitarreadas cuya melodía era imposible de ignorar, como en “All the beatiful girls”, “She won’t trade it for nothing”o “You were on fire”, donde los arreglos de cuerda, incluyendo violas y violines, protagonizan el ritmo.

Imposible no mencionar también la intensa “Strange weather” y la increíble “101” que le da título al disco, una canción escalofriante para terminar como también lo fue “Follow me” para Not going anywhere, más cerca de la pieza musical, de lo conceptual. Su voz susurrada, los violines a punto de explotar, la suspensión cinematográfica, una canción en cámara lenta. Dramática a más no poder.

Acá lo vintage no es el fin, sino sólo un punto de partida para desplegar un armamento musical de proporciones. Ojo con las falsificaciones, que aparecen por montón.