La ciudad es la selva. En ella, el koala se sube arriba de un árbol y observa lo que sucede a su alrededor en actitud contemplativa. Es una en un millón de voces, pero se ríe del periodista tuerto que reduce al rap a una expresión apenas rebelde; invita a reflexionar acerca de los disfraces que sus pares ocupan al momento de componer; crítica al perro, a la hiena y al sapo por sus actitudes falsas y traidoras. A esos y a otros más: al discriminado cuervo, al huérfano gorrión, al asesino cocodrilo y al imponente elefante. También menciona, al pasar, a una manada que hace algún tiempo atrás cayó presa y a una bandada de pájaros que fueron muertos por un tiro de gracia.

El koala invita a algunos amigos para esto: un hombre algo espacial que pincha discos para dejarlo tranquilo y un compañero de extraño nombre que le da ritmo a sus palabras y añade dementes interludios entre sus reflexiones. No esconde emociones: sabe que el pensar un poco no le hará más sabio, que el discurso personal no tiene por qué ser egocéntrico (ni tampoco relativo o absoluto) y que la locura es la única salida para salir de la jaula. Canaliza su demencia para aprender a resistir de los embates de este entorno agresivo y no le preocupa que en esta esquizofrenia verbal sus ideas se contradigan o choquen entre sí. El koala está loco y esta selva es el manicomio. ¿La mala noticia? Todos estamos dentro de ella. A ver quién sale vivo.

MP3: Koala Contreras – “Los animales deben estar locos”

VIDEO: Koala Contreras – “24 horas”