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El otrora integrante de The Bad Seeds y líder natural de los alemanes Einstürzende Neubauten, Blixa Bargeld, decía en un programa para la televisión (Arts & Minds, que se transmite por Film & Arts) dedicado a su camarada Nick Cave, que una de las cosas que compartía con el australiano era su sensibilidad hacia la canción de amor, género que, según él (parafraseando) era un tópico creativo mayor.

Partiendo de este supuesto, y pidiendo las disculpas correspondientes por comenzar este comentario sacando a colación a artistas que no tienen mucho ver con el álbum a criticar, podríamos decir que el británico Richard Hawley se ha convertido en uno de los maestros de esta temática de caza mayor. Romántico a ultranza y escondido en su pequeño mundo de añoranzas, el de Sheffield da continuidad al sublime Cole’s Corner (Mute, 2005) con un disco que exacerba su gusto por los géneros de la canción popular de mediados del siglo pasado. Y lo hace con toda la decisión de alguien que ya se sabe entre las grandes voces de nuestros tiempos –así lo refrendó nada menos que Scott Walker-; Hawley es de esos cantantes de los que quedan pocos.

Si en la portada de su anterior álbum, Hawley aparecía en la esquina de Cole -un lugar habitual de encuentro de su ciudad- oscura y elegantemente ataviado, con un ramo de flores en sus manos, esperando una cita que nunca llegará a concretarse, para este Lady’s Bridge -titulado así en honor a otro lugar de Sheffield; un puente que pasa sobre el río Don- viste de gala, traje plateado, botas vaqueras, acompañado de una guitarra vintage, siempre con una actitud de espera. ¿Qué es lo que aguarda? Tal vez el retorno de una época que jamás volverá, pero que ayuda a recrear con amor por lo retro y estética revisionista mediante, brindando discos hermosos que podemos disfrutar en pareja, con nuestra madre o, incluso, con nuestra abuela, según sea el caso y la intención.

El bueno de Hawley, ex colaborador de Pulp y ex integrante de los prescindibles Longpigs, ama la tradición musical norteamericana. Acá encontramos la estética del crooner eterno y nocturno (como Sinatra), la del rockero renegado convertido en crooner (como Elvis), la del solitario (como Orbison). Así va echando mano a diferentes estilos nostálgicos para emocionar con canciones de orientación tin pan alley (especialmente en baladas como la que le da el nombre al disco), pero también bebiendo de las fuentes del hillbilly y el country (‘Serious’, I’m looking for someone to find my’) y, como no, de la grandilocuencia orquestal de las walls of sound spectorianas (‘Valentine’, ‘Tonight the streets are ours’) y el carisma de las míticas grabaciones de Sun Records.

Algunos escépticos neófilos podrán preguntarse ¿pero que es lo nuevo que aporta Richard Hawley? Bueno, no hace nuevas incorporaciones al manual estético de la música pop. Sin embargo no lo necesita; sus canciones son emocionantes y están construidas con maestría y sobriedad. En esta década dominada por el revival del feísmo sintético, un artista como Hawley se vuelve absolutamente necesario. Sus discos son como un traje de la más elegante sastrería y, como decía un antiguo profesor de mi escuela, la elegancia es algo que nunca pasará de moda. Las canciones de amor tampoco.