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Lo que más llama la atención de la irlandesa Róisín Murphy es que ha sabido desligar su carrera solista del pasado que dejó atrás con Moloko, sobretodo si consideramos que más de un hit de la banda inglesa es considerado indispensable para cualquier noche en las pistas de baile. Con su debut en solitario Ruby Blue (Echo, 2005) -facturado con la ayuda del genial Matthew Herbert- demostró que no sólo era una excelente intérprete y una gran prestidigitadora del ritmo, sino que también su magia consistía en explorar sonidos disco de vanguardia y en proponer una música que, al mismo tiempo que encendiera las pistas, pudiese ser considerado como un verdadero aporte en el fecundo horizonte musical del nuevo milenio. Y si bien su primer disco lo anticipaba, Overpowered reconfirma el talento de Róisín para rearticular el dance de manera elegante y desprejuiciada. Se trata de un par de álbumes magníficos que nos revelan que dos aciertos ya no pueden ser coincidencia.

Cercana a las andanzas de Goldfrapp en ‘Movie star’ y de los acoples de Peaches, Róisín Murphy no propone a la larga nada nuevo; su meta es la síntesis. Su música, fusión matemática entre pop femenino y laboratorio electrónico, logra una impresión majestuosa y colorida, aún cuando su ritmo funciona más bien de forma minimalista a la usanza de The Knife. Es ese logro, poder construir buen pop con pocos elementos, el que hace de Róisín Murphy una cantante creativa y desafiante capaz de batirse codo a codo con Kylie Minogue, y más tarde compartir escenario junto a la germana Ellen Allien sin necesidad de cambiar ni un ápice su estilo. Su revisión del dance y de la música disco está tan bien elaborada, es tan concienzuda y tan inteligente que hace ver a Confessions On The Dance Floor de Madonna como una jugarreta de niños, logra que en comparación con su sensualidad el electroglam de las hermanas Minogue sea porno y hace ver ridículas y forzadas las vestimentas de Scissor Sisters. En definitiva cualquier cosa parece ordinaria y corriente a su lado, incluso en sus más extravagantes trajes Murphy ostenta una sobriedad que acusa un tratamiento visual muy cuidado. Elegancia a toda prueba y una frialdad rítmica que se cuela en el cuerpo como buena música bailable para no dejar escapar el movimiento físico de quién la oye. Adictiva, y también adecuada para escuchar en calma.

El primer single homónimo muestra la oblicua línea que Murphy intenta trazar. Sin encerrarse en la estructura pop ni en las melodías simples, los timbres alienígenas de su posmoderna música disco hacen de ‘Overpowered’ un tema difícil, pero que después de haber escuchado un par de veces se impregna en la piel. No así la singlera ‘Let me know’ que recuerda a los mejores coros de Modjo o de los mismos Moloko, aquellas simples estrofas que hacen pensar en una bola de disco y en unas buenas amistades para ir a bailar; un preciso toque de funk y de electrónica femenina.

Esta segunda entrega es sin duda una fusión interesante de pop digerible y de propuesta rearticuladora que dibuja sus límites de manera clara y precisa, enmarcándose en una estética que bien puede ser considerada retro, pero que posee elementos tan actuales que simplemente no podría haber sido realizada hace cinco años. Los videos, y no solamente la música, son elocuentes en este sentido. Imágenes llenas de fuertes colores y reapropiación de espacios públicos, sacando la música electroglam de esos decorados noventeros ridículos a la calle, al bus, a la fuente de soda, aprovechando las diferentes luces citadinas que logran crear esa atmósfera que envuelve cada programación sintetizada; programaciones que pueden ser inteligentemente llevada al dominio del pop interpretado por guitarras como lo demuestran sus presentaciones en vivo, donde las cuerdas toman mayor protagonismo que en el disco, que está dominado por los beats.