Sonic Youth despacha en The Eternal uno de sus discos más directos y abrasivos. El quinteto de Nueva York sabe como reinventarse tras casi 30 años de trayectoria con un olfato innegable por melodías ruidosas y plagadas de texturas de corte experimental. Esta vez, el sentido de la inmediatez se aleja de una tendencia hacia la abstracción que la banda venía desarrollando desde A Thousand Leaves (1998), y se acerca a canciones más cuidadas y luminosas.

Renovados con la llegada de Mark Ibold (Pavement) en bajo, la banda de Kim Gordon (bajo, guitarra, voz), Thurston Moore (guitarra, voz), Lee Ranaldo (ídem) y Steve Shelley (batería), cuenta con una energía rock poderosa y corrosiva próxima al punk.

Los temas son más cortos, al hueso, y se obvian las divagaciones atmosféricas y disonantes que venían desarrollando junto a Jim O’Rourke. La partida, antes de grabar Rather Ripped (Geffen, 2006), del multi-instrumentista y productor ligado a la vanguardia concreta y contemporánea, dejó al conjunto a merced de sus instintos más pop y rock.

En cierto sentido, The Eternal se acerca a lado más indómita y hardcore de Pavement, como el expuesto en Wowee Zowee (Matador, 1995). Los nuevos cortes de Sonic Youth tienen una llegada inmediata, similar al trabajo de discos anteriores como Goo (DGC, 1990) y, sobre todo, Experimental Jet Set, Trash and No Star (DGC, 1994), y exploran la veta más áspera y espontánea de la banda.

Esto es reconocible en temas como en “What we know”, firmada por Lee Ranaldo y con voces de Kim Gordon. “Calming the snake” y “Sacred trickster” son dinamita pura. Con los años, Sonic Youth ha logrado consolidar su sugestión hipnótica hasta alcanzar cumbres de catarsis. Ahora, en The Eternal, existe una voluntad clara de sacudirse y disfrutar el viaje, a través de cuadros rock sicodélicos e intensos, como en “Antenna”.

“Poison arrow”, entre el noise pop de Yo La Tengo y la nostalgia ruidosa de Velvet Underground, se pasea por distintos estados de ánimo con una energía que la experiencia algo cerebral de discos anteriores había hecho menguar. Con Mark Ibold en el equipo, Sonic Youth suena rejuvenecido, con escaladas vertiginosas como no se les oía desde el glorioso Daydream Nation (Enigma, 1998), el que han reeditado y tocado en gira recientemente.

El quinteto neoyorquino retoma su intuición y se deja guiar por las melodías, más que por los ganas de generar una masa palpable de sonidos saturados. Un claro ejemplo es “Malibu gas station”, con una Gordon inquietante en las voces, aunque sin romper nunca la tensión. Las repeticiones del Stereolab más desatado vienen al espíritu por momentos.

“Thunderclap” es un remolino de rock and roll, imparable y preciso, un tema corto de tres abrasivos minutos. Los Sonic Youth ya no manejan tan sólo a la perfección sus propios trucos y mímicas, en The Eternal, incorporan una llama extra. ¿Actitud? Motivación más bien. Thurston Moore y compañía se notan apasionados por lo que hacen, en un juego del que, según fluye el álbum, se disfruta cada instante.

El recorrido es variado e incluye perlas como “Walkin blue” – otra vez de Ranaldo-, de guitarras brillantes como olas, con más de un guiño al shoegaze y al ambient pop (My Bloody Valentine, Ride). Este sentimiento prosigue con “Massage the history”, que cierra el disco de manera apaciguada y nostálgica, al principio, y, luego, con un clímax amplio, para alcanzar un estallido descontrolado, antes del final.

The Eternal queda como el celebrado regreso de Sonic Youth a las ligas independientes, tras terminar 20 años de carrera en la multinacional Geffen. Esta es una vuelta en gloria y majestad, con una juventud sónica más encendida que nunca, y apoyada por un gran sello como Matador, dispuesto a arriesgarse con ellos con entusiasmo. La banda de Thurston Moore retoma el camino del indie, justo donde lo había dejado hace 21 años con Daydream Nation, su obra maestra: a pedir de boca.

MP3: Sonic Youth – “Sacred trickster”

VIDEO: Sonic Youth – “Antenna” (en vivo)