Edmundo Veloso, antiguo colaborador de Super 45, ya nos entregaba su acertada impresión del intrincado mundo por el cual The Fiery Furnaces deambula cada vez que procuran desarrollar sus ideas y plasmarlas en un estudio de grabación. No existían reglas ni estructuras que se respetaran por aquel entonces, más bien los hermanos Eleanor y Matthew Friedberger decidieron tempranamente desarrollar una carrera llena de libertades que les ha permitido producir, desde 2003, un abultado, exquisito y envidiable abanico de estilos que ya quisiera poseer cualquier banda que inunda este mercado.

Ya acostumbrados a esa frenética dinámica creativa que los caracteriza, y que establece casi como norma un lanzamiento por año, llega I’m Going Away, la octava placa de su catálogo. Al contrario de lo que se podía esperar previamente a su edición, el álbum marca un curioso ajuste estilístico de la banda, transformándose en el disco más simple y directo desde su debut Gallowbird’s Bark (Rough Trade, 2003). Conocidos por producir un complejo y excéntrico mundo de sonidos y experimentación, aparentemente esta vez se posicionan en un terreno llano y lineal, en la que dan la impresión de estar procurando evitar las sorpresas a las cuales podían tener acostumbrados a sus seguidores. Bajo cierto aspecto se comprende cierta pretensión deliberada por la simpleza y el minimalismo, pero a medida que se descubre el telón y se evoca sentidos más profundos, puede caer en el auditor cierta justicia hacia el juego que nos han permitido compartir en sus cortos años de existencia.

La base musical es simple y elegante, casi de exclusiva propiedad de Matthew, un piano que sirve de pieza fundamental para ambientar melodiosas y dulces composiciones, donde el soul, el pop y el R&B son explorados como nunca antes por Fiery Furnaces, llenándolas de agradables matices que lucen con la soltura propia de quienes saben qué pretenden entregar. La menor sobrecarga de arreglos que se presentan en esta ocasión permiten descubrir y disfrutar detalles que demuestran la mayor flexibilidad que estos hermanos se han impuesto para componer, y muestran el virtuosismo de los mismos, que muchas veces estaba oculto por tanto estrés musical en sus últimos trabajos.

Los momentos más fuertes de la placa son muchos, si es que se puede encontrar algún punto bajo, pero hemos optado por desarrollar tres. El tema que inicia la placa, y que da el nombre a la misma, es una composición llena de energía e interacción de sus componentes, fuerte intervención vocal y unos riffs de guitarra que evocan la versión que John Lee Hooker realizara del mismo tema en 1951 (aunque líricamente no poseen similitud, más que el estribillo inicial). Luego se entra en la mejor parte del disco, con un “Drive to Dallas” que cuenta el fin de una relación de una manera melancólica, pero que sufre de dos abruptas e inesperadas intervenciones de una guitarra que muestran el desgarrador fin que debe tener. “The end is near” es un tema certero, sutil y bello, y es la canción que perfectamente describe este ajuste de estilos, la composición más directa y digerible que hayamos podido notar en ellos.

La impresión final es que estamos en presencia de una obra que se viste y engalana por su simpleza, pero que lleva oculta debajo de sus ropas el intrincado mundo por el cual The Fiery Furnaces ha deambulado por años. Un juego evocador y ensoñador, que convierte a esta placa en un destello más de su abultada discografía y en una de las obras mejor logradas este año. Si eres un seguidor ya titulado o eres un iniciado, no hay posibilidad que quedes indiferente a este disco. No hay duda de ello.

MP3: The Fiery Furnaces – “The end is near”

VIDEO: The Fiery Furnaces – “Charmaine Champagne”