Aparecido en 1981.

Al principio era Iggy Pop e Iggy estaba en The Stooges y The Stooges eran (cualquier cosa menos) Dios. Luego Iggy hizo lo que pudo los siguientes 6 años y viendo que todo era muy bueno, descansó el séptimo, el octavo, el noveno y probablemente el décimo si el arcángel David Bowie no lo saca debajo de su puente favorito. Claro que la palabra se difundió y los no creyentes al ver cómo Iggy resucitaba (o algo así, depende de la temporada de la que hablemos) no tuvieron otra opción que caer rendidos de fe y aceptar la palabra que los discípulos (The Cramps, The New York Dolls, Dead Boys) expandían por la Tierra. ¿Delirio post-navideño? Probablemente, herejes, pero tiemblen cuando el poder del Señor (Iggy, ya dijimos) caiga sobre ustedes, el mismo instante en que su ministro Jeffrey Lee Pierce los excomulgue.

En la misma época que el ministro referido (líder de un club de fans de esa María Magdalena llamada Debbie Harry) decide crear su pequeña e inestable iglesia, The Gun Club, el culto por el garage, el rock y las blasfemias difundidas a punta de guitarras, no pasaban por su mejor momento. En plena eclosión de la new wave y con un mainstream que se debatía entre los últimos estertores de la música disco y el aburrimiento soft-rockero, gente decente como David Johansen, Johnny Thunders o viejas glorias como Screamin’ Jay Hawkins hacían malabares para sobrevivir. En ningún caso éste era el mejor momento para que un amante del rockabilly mezclara desenfreno garagero, raíces country y letras llenas del mejor paganismo sureño.

Con la colaboración intermitente del fundamental Kid Congo Powers (poca cosa el hombre: también marcó tarjeta en The Cramps y en los Bad Seeds de Nick Cave) y una rotativa constante en la base rítmica, Pierce luchó por más de 15 años contra el desconocimiento masivo y una que otra adicción. Cuando en el siglo XXI algún alumno aventajado como Jack White (The White Stripes) se lamentaba de la escasa figuración de The Gun Club en los libros de historia, nuestro complejamente querible amigo yacía bajo tierra hace un tiempo.

Nacidos como The Cyclones en la unión de Jeffrey Lee Pierce con el entonces llamado Brian Tristan (luego Congo Powers en su carnet de identidad), el posterior y definitivo nombre implicaría dejar el rockabilly como seña de identidad para abrazar una amalgama de música negra disfrazada de post-punk. Eso es lo que entrega Fire of Love, disco que circunstancialmente no contaba con la participación del escudero original (en su reemplazo, a semanas de entrar a grabar, se incorpora Ward Dotson) y que daba fe de los propósitos que su líder mantendría en sus intermitencias de los siguientes 3 lustros.

Acá no sólo hay un primer golpe EXCEPCIONAL en la portentosa “Sex beat”, sino que una inmediata declaración de intenciones en la psychobillesca versión de “Preaching the blues”, un cover del más hereje de todos: el señor Robert Johnson. Luego, altas dosis de vudú y desenfreno en los blues “Promise me” y “Cool drink”, en el portentoso ejercicio de garage de “Fire spirit” y en el rockabilly desenfrenado de ”She’s like heroine to me” y “For the love of Ivy” (dedicada a la mitad femenina de The Cramps).

Luego de la maravilla que reseñamos, Lee Pierce tuvo una racha de dos discos innegables (Miami de 1982 y The Las Vegas Story de 1984), se reunió con Kid Congo Powers, tuvo en sus filas a la gótica más chic luego de Siouxsie (Patricia Morrison en el bajo) y destinó una década a perderse y encontrarse indistintamente, hasta que en 1996 acabó todo. Catorce años después, en el 2010 que se asoma, un puñado de desconocidos como Nick Cave, Mark Lannegan, The Raveonettes y Lydia Lunch, completan algunas de sus letras y cintas perdidas en We Are Only Riders (Gliiterhouse). Amén.

MP3: The Gun Club – “She’s like heroin to me”

VIDEO: The Gun Club – “Sex beat” (en vivo)

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